Doce años despues de su victoria, Paul Atreides reina como emperador del planeta Arrakis, también llamado Dune. Pero su éxito ha llevado la guerra a todo el universo conocido. A pesar de haberse convertido en la persona más poderosa existente, Paul es incapaz de poner fin a la lucha.
Los grandes intereses económicos, políticos y religiosos sacuden los espacios interestelares. Mientras sus antiguos aliados conspiran para destronarlo y su propia consorte actúa en su contra, Paul acepta un regalo de los Tleilaxu con la esperanza de encontrar paz y amistad en medio de la tradición. Pero esta acto hace que pierda el apoyo de su propia gente, su verdadera fuente de poder. Perderlos podría derribar su imperio. Paul se verá obligado a elegir entre su trono, su esposa, su pueblo, su futuro… y el de todo el universo.

Esta novela me deja un aire de reflexión porque revela cómo el poder transforma a la gente; nadie soporta ese peso. Por eso adoro la analogía del anillo de Tolkien: su carga es tan abrumadora que nadie, nadie puede con esta. Aun aquellos que parecen inmunes, al final se corrompen si conviven demasiado con el anillo, con el poder.
De hecho, Frank Herbert escribió esta segunda parte de Dune al observar un público cautivado por Paul Atreides, cuando su intención era opuesta: instar a los lectores a reflexionar que idolatrar a un Mesías podía ser mortal. Depositar toda fe en un humano que parece omnisciente termina en catástrofe.

¿En qué se ha convertido Paul Atreides? Es un personaje que se resiste a perder su humanidad, intenta preservar su ética y no desea causar más muertes; aspira a seguir el único camino que, según sus visiones, podría evitar la extinción de la humanidad. No obstante, ocurre exactamente lo contrario: tras la batalla de Arrakeen, Paul asume el mando y se convierte en emperador de un imperio Fremen. Subordina fuerzas, centraliza el poder militar y controla la melange. Su padre lo había vislumbrado: aunque Leto entendía que era una trampa, también sabía que, si tenía éxito, obtendría un poder absoluto. No lo consigue él, pero sí Paul. Este fortalece al ejército fremen, lo institucionaliza y lo integra en la vida política. Al monopolizar el recurso más valioso “la melange” todos los grupos de poder terminan dependiendo de él.
Como suele ocurrir en la historia "pensemos en las cruzadas", surgen misioneros que expanden y formalizan la fe. Difundir, en este contexto, es adoctrinar: lo mismo que hacen nuestros políticos, ayer y hoy, a través de los libros de educación básica; no hay momento más eficaz para moldear una mentalidad que cuando el individuo está formando su criterio. La novela exhibe este mecanismo con crudeza: castiga la herejía, normaliza la violencia y después induce la adhesión a la organización religiosa de Muad’ Dib. La religión se vuelve el centro de un fanatismo absoluto, sin vía de escape, ese “opio de las masas” que conocemos tanto en la teoría como en la práctica histórica.
Herbert lo dijo con claridad: escribió Dune para alertar sobre los peligros de depositar la esperanza en un mesías, de creer que una figura providencial vendrá a resolverlo todo. Muad’ Dib se convierte en símbolo sagrado, se institucionaliza, se vuelve mito oficial y, a partir de ahí, ya no hay retorno. Las Bene Gesserit, que buscaban fabricar un superhumano, un mesías diseñado a la medida, lo consiguen, pero termina generando algo que no pueden controlar. Lo más inquietante es que el propio Paul termina creyéndose su relato: se asume como mesías, y en ese punto su relación con la realidad se desdibuja por completo.

Cuando las demás casas observan el poder desmesurado que ha concentrado Muad’ Dib, los complots surgen casi de forma automática. Todas las facciones buscan debilitar su autoridad. Los Corrino recurren a alianzas discretas para socavar la legitimidad de Paul. Las Bene Gesserit, que en un inicio lo deseaban como instrumento, renuncian a él porque está fuera de su esfera de control; se articulan con otros grupos, como los Bene Tleilax y ciertos fremen disidentes, y manipulan a Irulan para que actúe como espía desde el corazón mismo del imperio.
La Cofradía Espacial depende de la melange para navegar y teme que Paul monopolice por completo la sustancia, así que apoya conspiraciones que cuestionan su hegemonía. La CHOAM, que controla el comercio interestelar, aspira a un equilibrio de fuerzas, a un poder menos mesiánico, y por eso utiliza a Alia y a otros miembros de la familia como contrapeso político y simbólico frente a Paul. El resultado es una transformación profunda: cambian las ideas, la cultura, las tradiciones; los propios fremen se sienten despojados de su identidad y comienzan a posicionarse en contra del que alguna vez fue su líder casi mítico. Alia queda atrapada entre bandos, entre la lealtad a Paul y las presiones de las fuerzas que buscan desplazarlo.

Uno de los aspectos más potentes de la novela es la erosión de la identidad de Paul, su conflicto permanente entre ser y no ser. Sus visiones prescientes le permiten contemplar catástrofes a una escala inhumana y lo colocan en una encrucijada moral: debe seguir el camino del Jihad porque cualquier desviación implicaría la muerte de millones. Su contacto con su propia humanidad le impide aceptar con ligereza ese costo. Está convencido de que solo él puede manejar el poder y el caos que ha desencadenado, pero al mismo tiempo se responsabiliza por la guerra santa que ha exterminado a billones y teme que intentar corregirla genere todavía más terror. Opta, en cierto modo, por dejar que el fanatismo se despliegue.
Paul se percibe a sí mismo como humano, monstruo y dios al mismo tiempo. La tentación de asumirse como entidad divina distorsiona su percepción de la realidad, pero su resto de humanidad lo confronta sin cesar. Chani funciona como ancla, como recordatorio de lo que significa seguir siendo humano. Cuando la pierde, pierde también esa brújula afectiva. A partir de entonces, su humanidad se va erosionando y se inclina cada vez más hacia la manipulación. Sin embargo, sus luchas internas impiden que se entregue por completo a la tiranía o a la fantasía de ser un dios absoluto: vive en un estado de guerra interior continua, que es uno de los núcleos dramáticos de la novela.

Paul accede a millones de vidas y experiencias al tomar el agua de la vida. Alia, concebida por Jessica justamente en ese momento, nace ya atravesada por una conciencia colectiva, cargada con múltiples memorias. Esa condición excepcional hace que los fanáticos de Paul la reconozcan y la veneren como sacerdotisa-mesías. Al inicio provoca temor, pero con el tiempo demuestra su poder, del mismo calibre que el de su hermano, y termina siendo aceptada dentro de la estructura religiosa y política del imperio.
El problema aparece cuando Alia entra en la adolescencia: el despertar del deseo sexual exacerba sus sentidos y la hace vulnerable. Encuentra a Duncan-ghola atractivo y lo convierte en pieza clave de sus propios planes. Tras tomar también el agua de la vida e intentar ponerse al nivel de Paul, se enfrenta a un flujo de conciencias que rebasa su capacidad de contención. No tiene la fuerza necesaria para mantener a raya a los millones de presencias que atraviesan su mente, y de esa multitud emerge una figura particularmente grotesca: el barón Harkonnen. Aquello que la posee es parte de su propia carga genética.

En este punto la novela despliega con claridad un momento de transición de poder. La pregunta que sobrevuela es: ¿este cambio beneficia realmente al pueblo? Un complot entre las Bene Gesserit, la Cofradía Espacial y los Bene Tleilax intenta derrocar a Paul mediante un “gusano-bomba”, que lo deja ciego. Aun así, sus visiones le permiten desplazarse y gobernar como si viera. Para los fremen, sin embargo, eso no basta: en su código, cuando alguien deja de ser funcional, debe morir, y el desierto decide su destino.
Paul se aferra al poder durante un tiempo, desatiende las expectativas de los demás. Pero la muerte de Chani al dar a luz a sus gemelos, Leto II y Ghanima, fractura definitivamente su resistencia: el peso del imperio se vuelve insoportable. El punto de quiebre llega cuando sus visiones empiezan a desvanecerse y se enfrenta a una ceguera ya no compensada por la presciencia. Entonces decide abandonar el trono y el palacio, seguir la senda ritual de los fremen y adentrarse en el desierto hacia la muerte, renunciando al poder político. Antes de irse, deja a sus hijos al cuidado de Alia, como herederos potenciales del trono. El final queda aparentemente abierto, pero dialoga con lo que ya conocemos de la historia humana: intuimos qué formas de fanatismo, de culto y de violencia se repetirán.

La novela está construida en tercera persona, con un narrador omnisciente, pero no se trata de una omnisciencia absoluta, sino de un punto de vista móvil, focalizado y selectivo. El mundo se revela a través de distintos personajes: no solo Paul, sino también Alia, miembros de las Bene Gesserit y otras figuras clave. El narrador penetra en sus pensamientos, miedos y recuerdos, y alterna entre aliados, enemigos y grupos de poder, componiendo así un mosaico político y psicológico muy complejo. Herbert no ejerce una omnisciencia neutra: elige desde dónde mirar y qué silenciar.
Su maestría consiste en que, aun escribiendo siempre en tercera persona, la voz narrativa se ajusta tanto a la perspectiva de cada personaje que por momentos parece una primera persona encubierta. Los diálogos directos funcionan como espacio de confrontación filosófica y política: discuten la fractura del mundo, el sentido del poder, el fanatismo y la responsabilidad histórica, pero lo hacen desde una naturalidad que recuerda debates de nuestro propio presente. Los diálogos indirectos, en cambio, condensan y permiten avanzar con agilidad en la trama.
Un rasgo especialmente eficaz es el uso de fragmentos documentales: notas de Irulan, citas de textos religiosos, referencias a crónicas futuras. Esto dota a la obra de una capa pseudo-histórica que aumenta su verosimilitud. Dune deja de sentirse como una simple ficción y se aproxima a la textura de un documento histórico de un imperio que podría haber existido.

La consolidación de un imperio, de un régimen, de una ideología política o de una religión siempre pasa por el adoctrinamiento. ¿Qué quiero decir con eso? Adoctrinar es inyectar en la cabeza de la población las ideas que conviene a quien está en el poder “llámese gobierno o el que rige en ese momento” a través de campañas, libros escolares, propaganda. Mentir es una herramienta básica, pero lo más eficaz es la violencia contra los rebeldes. Eso es exactamente de lo que habla esta novela: lo que vivimos día a día, incluso en nuestro propio gobierno.
La pérdida de identidad es otro eje central. A veces los gobernantes llegan con buenas propuestas, con la intención genuina de mejorar un lugar. Sin embargo, la corrupción se infiltra en su ser y no hay manera de retroceder. Paul Atreides es el ejemplo perfecto: sus decisiones lo llevan al punto de no retorno, donde el fanatismo lo consume y ya no puede admitir que todo lo que ha forjado es una gran mentira, una decepción. El ego es indispensable en este proceso: no reconocer el error, convencerse de que se tiene la razón y pretender imponerla a los demás es una constante en los líderes de todos los tiempos.
Hay un pensamiento que siempre me ronda la cabeza: solo nos importa lo inmediato. Los gobernantes poco a poco dejan de ver más allá de sus propias familias y roban para ellas. Su visión estan miope que no perciben que contribuir a un país mejor beneficiaría a sus descendientes a largo plazo. Solo ven lo que pueden quedarse, lo que pueden robar en el corto plazo. Son condiciones humanas difíciles de erradicar.
Como todos buscan el poder, las intrigas políticas surgen dentro de cualquier gobierno o imperio, tal como describe Herbert. Es tan real como lo que vivimos día a día: te venden la ilusión de que todo está bien mientras hay miles de desaparecidos, y aun así hay gente que les cree. Hace tiempo vi un documental sobre tiranos y dictadores: mienten, mienten todo el tiempo, porque siempre habrá alguien que les crea, alguien con poca educación que seguirá a su líder ciegamente. Vuelvo al mismo punto: esa persona querrá tener la razón. Los humanos siempre queremos tener razón, siempre queremos vencer al otro aunque la evidencia esté en nuestra contra. Es naturaleza humana.
Esas intrigas, esa corrupción, no buscan otra cosa que entrar en la repartición del poder y del dinero. En este caso se llama melange, pero podríamos nombrarla petróleo, el oro negro que todos codician. Quien lo controle tendrá el mundo en sus manos, como Paul con la melange. Sí, Herbert habla de nuestro mundo, un mundo saturado de corrupción.
¿Qué pasa cuando cae el dictador o el mal gobernante? Entra otro que está más alineado con el mismo pensamiento. Lo vemos en regímenes de otros países, y en los narcos de nuestro México: cuando atrapan al jefe, aparece otro peor, más sádico. Así son los gobernantes. Me acuerdo de una película que ya analicé, Madre, donde se dice que el humano siempre quiere más, que no hay un límite. Aunque la Tierra te dé todo, la gente siempre exige más hasta lastimarla. Eso pasa con el poder:s iempre quieres más, sin importar el costo, aunque signifique matar o aniquilar a miles para que crean en ti o en la religión que elige el gobernante. Lo vimos en las cruzadas, y en Dune no es diferente.
El final de estos libros se los contaré paso a paso, poco a poco, porque aún quedan cinco más por delante.

Doce años despues de su victoria, Paul Atreides reina como emperador del planeta Arrakis, también llamado Dune. Pero su éxito ha llevado la guerra a todo el universo conocido. A pesar de haberse convertido en la persona más poderosa existente, Paul es incapaz de poner fin a la lucha.
Los grandes intereses económicos, políticos y religiosos sacuden los espacios interestelares. Mientras sus antiguos aliados conspiran para destronarlo y su propia consorte actúa en su contra, Paul acepta un regalo de los Tleilaxu con la esperanza de encontrar paz y amistad en medio de la tradición. Pero esta acto hace que pierda el apoyo de su propia gente, su verdadera fuente de poder. Perderlos podría derribar su imperio. Paul se verá obligado a elegir entre su trono, su esposa, su pueblo, su futuro… y el de todo el universo.

Esta novela me deja un aire de reflexión porque revela cómo el poder transforma a la gente; nadie soporta ese peso. Por eso adoro la analogía del anillo de Tolkien: su carga es tan abrumadora que nadie, nadie puede con esta. Aun aquellos que parecen inmunes, al final se corrompen si conviven demasiado con el anillo, con el poder.
De hecho, Frank Herbert escribió esta segunda parte de Dune al observar un público cautivado por Paul Atreides, cuando su intención era opuesta: instar a los lectores a reflexionar que idolatrar a un Mesías podía ser mortal. Depositar toda fe en un humano que parece omnisciente termina en catástrofe.

¿En qué se ha convertido Paul Atreides? Es un personaje que se resiste a perder su humanidad, intenta preservar su ética y no desea causar más muertes; aspira a seguir el único camino que, según sus visiones, podría evitar la extinción de la humanidad. No obstante, ocurre exactamente lo contrario: tras la batalla de Arrakeen, Paul asume el mando y se convierte en emperador de un imperio Fremen. Subordina fuerzas, centraliza el poder militar y controla la melange. Su padre lo había vislumbrado: aunque Leto entendía que era una trampa, también sabía que, si tenía éxito, obtendría un poder absoluto. No lo consigue él, pero sí Paul. Este fortalece al ejército fremen, lo institucionaliza y lo integra en la vida política. Al monopolizar el recurso más valioso “la melange” todos los grupos de poder terminan dependiendo de él.
Como suele ocurrir en la historia "pensemos en las cruzadas", surgen misioneros que expanden y formalizan la fe. Difundir, en este contexto, es adoctrinar: lo mismo que hacen nuestros políticos, ayer y hoy, a través de los libros de educación básica; no hay momento más eficaz para moldear una mentalidad que cuando el individuo está formando su criterio. La novela exhibe este mecanismo con crudeza: castiga la herejía, normaliza la violencia y después induce la adhesión a la organización religiosa de Muad’ Dib. La religión se vuelve el centro de un fanatismo absoluto, sin vía de escape, ese “opio de las masas” que conocemos tanto en la teoría como en la práctica histórica.
Herbert lo dijo con claridad: escribió Dune para alertar sobre los peligros de depositar la esperanza en un mesías, de creer que una figura providencial vendrá a resolverlo todo. Muad’ Dib se convierte en símbolo sagrado, se institucionaliza, se vuelve mito oficial y, a partir de ahí, ya no hay retorno. Las Bene Gesserit, que buscaban fabricar un superhumano, un mesías diseñado a la medida, lo consiguen, pero termina generando algo que no pueden controlar. Lo más inquietante es que el propio Paul termina creyéndose su relato: se asume como mesías, y en ese punto su relación con la realidad se desdibuja por completo.

Cuando las demás casas observan el poder desmesurado que ha concentrado Muad’ Dib, los complots surgen casi de forma automática. Todas las facciones buscan debilitar su autoridad. Los Corrino recurren a alianzas discretas para socavar la legitimidad de Paul. Las Bene Gesserit, que en un inicio lo deseaban como instrumento, renuncian a él porque está fuera de su esfera de control; se articulan con otros grupos, como los Bene Tleilax y ciertos fremen disidentes, y manipulan a Irulan para que actúe como espía desde el corazón mismo del imperio.
La Cofradía Espacial depende de la melange para navegar y teme que Paul monopolice por completo la sustancia, así que apoya conspiraciones que cuestionan su hegemonía. La CHOAM, que controla el comercio interestelar, aspira a un equilibrio de fuerzas, a un poder menos mesiánico, y por eso utiliza a Alia y a otros miembros de la familia como contrapeso político y simbólico frente a Paul. El resultado es una transformación profunda: cambian las ideas, la cultura, las tradiciones; los propios fremen se sienten despojados de su identidad y comienzan a posicionarse en contra del que alguna vez fue su líder casi mítico. Alia queda atrapada entre bandos, entre la lealtad a Paul y las presiones de las fuerzas que buscan desplazarlo.

Uno de los aspectos más potentes de la novela es la erosión de la identidad de Paul, su conflicto permanente entre ser y no ser. Sus visiones prescientes le permiten contemplar catástrofes a una escala inhumana y lo colocan en una encrucijada moral: debe seguir el camino del Jihad porque cualquier desviación implicaría la muerte de millones. Su contacto con su propia humanidad le impide aceptar con ligereza ese costo. Está convencido de que solo él puede manejar el poder y el caos que ha desencadenado, pero al mismo tiempo se responsabiliza por la guerra santa que ha exterminado a billones y teme que intentar corregirla genere todavía más terror. Opta, en cierto modo, por dejar que el fanatismo se despliegue.
Paul se percibe a sí mismo como humano, monstruo y dios al mismo tiempo. La tentación de asumirse como entidad divina distorsiona su percepción de la realidad, pero su resto de humanidad lo confronta sin cesar. Chani funciona como ancla, como recordatorio de lo que significa seguir siendo humano. Cuando la pierde, pierde también esa brújula afectiva. A partir de entonces, su humanidad se va erosionando y se inclina cada vez más hacia la manipulación. Sin embargo, sus luchas internas impiden que se entregue por completo a la tiranía o a la fantasía de ser un dios absoluto: vive en un estado de guerra interior continua, que es uno de los núcleos dramáticos de la novela.

Paul accede a millones de vidas y experiencias al tomar el agua de la vida. Alia, concebida por Jessica justamente en ese momento, nace ya atravesada por una conciencia colectiva, cargada con múltiples memorias. Esa condición excepcional hace que los fanáticos de Paul la reconozcan y la veneren como sacerdotisa-mesías. Al inicio provoca temor, pero con el tiempo demuestra su poder, del mismo calibre que el de su hermano, y termina siendo aceptada dentro de la estructura religiosa y política del imperio.
El problema aparece cuando Alia entra en la adolescencia: el despertar del deseo sexual exacerba sus sentidos y la hace vulnerable. Encuentra a Duncan-ghola atractivo y lo convierte en pieza clave de sus propios planes. Tras tomar también el agua de la vida e intentar ponerse al nivel de Paul, se enfrenta a un flujo de conciencias que rebasa su capacidad de contención. No tiene la fuerza necesaria para mantener a raya a los millones de presencias que atraviesan su mente, y de esa multitud emerge una figura particularmente grotesca: el barón Harkonnen. Aquello que la posee es parte de su propia carga genética.

En este punto la novela despliega con claridad un momento de transición de poder. La pregunta que sobrevuela es: ¿este cambio beneficia realmente al pueblo? Un complot entre las Bene Gesserit, la Cofradía Espacial y los Bene Tleilax intenta derrocar a Paul mediante un “gusano-bomba”, que lo deja ciego. Aun así, sus visiones le permiten desplazarse y gobernar como si viera. Para los fremen, sin embargo, eso no basta: en su código, cuando alguien deja de ser funcional, debe morir, y el desierto decide su destino.
Paul se aferra al poder durante un tiempo, desatiende las expectativas de los demás. Pero la muerte de Chani al dar a luz a sus gemelos, Leto II y Ghanima, fractura definitivamente su resistencia: el peso del imperio se vuelve insoportable. El punto de quiebre llega cuando sus visiones empiezan a desvanecerse y se enfrenta a una ceguera ya no compensada por la presciencia. Entonces decide abandonar el trono y el palacio, seguir la senda ritual de los fremen y adentrarse en el desierto hacia la muerte, renunciando al poder político. Antes de irse, deja a sus hijos al cuidado de Alia, como herederos potenciales del trono. El final queda aparentemente abierto, pero dialoga con lo que ya conocemos de la historia humana: intuimos qué formas de fanatismo, de culto y de violencia se repetirán.

La novela está construida en tercera persona, con un narrador omnisciente, pero no se trata de una omnisciencia absoluta, sino de un punto de vista móvil, focalizado y selectivo. El mundo se revela a través de distintos personajes: no solo Paul, sino también Alia, miembros de las Bene Gesserit y otras figuras clave. El narrador penetra en sus pensamientos, miedos y recuerdos, y alterna entre aliados, enemigos y grupos de poder, componiendo así un mosaico político y psicológico muy complejo. Herbert no ejerce una omnisciencia neutra: elige desde dónde mirar y qué silenciar.
Su maestría consiste en que, aun escribiendo siempre en tercera persona, la voz narrativa se ajusta tanto a la perspectiva de cada personaje que por momentos parece una primera persona encubierta. Los diálogos directos funcionan como espacio de confrontación filosófica y política: discuten la fractura del mundo, el sentido del poder, el fanatismo y la responsabilidad histórica, pero lo hacen desde una naturalidad que recuerda debates de nuestro propio presente. Los diálogos indirectos, en cambio, condensan y permiten avanzar con agilidad en la trama.
Un rasgo especialmente eficaz es el uso de fragmentos documentales: notas de Irulan, citas de textos religiosos, referencias a crónicas futuras. Esto dota a la obra de una capa pseudo-histórica que aumenta su verosimilitud. Dune deja de sentirse como una simple ficción y se aproxima a la textura de un documento histórico de un imperio que podría haber existido.

La consolidación de un imperio, de un régimen, de una ideología política o de una religión siempre pasa por el adoctrinamiento. ¿Qué quiero decir con eso? Adoctrinar es inyectar en la cabeza de la población las ideas que conviene a quien está en el poder “llámese gobierno o el que rige en ese momento” a través de campañas, libros escolares, propaganda. Mentir es una herramienta básica, pero lo más eficaz es la violencia contra los rebeldes. Eso es exactamente de lo que habla esta novela: lo que vivimos día a día, incluso en nuestro propio gobierno.
La pérdida de identidad es otro eje central. A veces los gobernantes llegan con buenas propuestas, con la intención genuina de mejorar un lugar. Sin embargo, la corrupción se infiltra en su ser y no hay manera de retroceder. Paul Atreides es el ejemplo perfecto: sus decisiones lo llevan al punto de no retorno, donde el fanatismo lo consume y ya no puede admitir que todo lo que ha forjado es una gran mentira, una decepción. El ego es indispensable en este proceso: no reconocer el error, convencerse de que se tiene la razón y pretender imponerla a los demás es una constante en los líderes de todos los tiempos.
Hay un pensamiento que siempre me ronda la cabeza: solo nos importa lo inmediato. Los gobernantes poco a poco dejan de ver más allá de sus propias familias y roban para ellas. Su visión estan miope que no perciben que contribuir a un país mejor beneficiaría a sus descendientes a largo plazo. Solo ven lo que pueden quedarse, lo que pueden robar en el corto plazo. Son condiciones humanas difíciles de erradicar.
Como todos buscan el poder, las intrigas políticas surgen dentro de cualquier gobierno o imperio, tal como describe Herbert. Es tan real como lo que vivimos día a día: te venden la ilusión de que todo está bien mientras hay miles de desaparecidos, y aun así hay gente que les cree. Hace tiempo vi un documental sobre tiranos y dictadores: mienten, mienten todo el tiempo, porque siempre habrá alguien que les crea, alguien con poca educación que seguirá a su líder ciegamente. Vuelvo al mismo punto: esa persona querrá tener la razón. Los humanos siempre queremos tener razón, siempre queremos vencer al otro aunque la evidencia esté en nuestra contra. Es naturaleza humana.
Esas intrigas, esa corrupción, no buscan otra cosa que entrar en la repartición del poder y del dinero. En este caso se llama melange, pero podríamos nombrarla petróleo, el oro negro que todos codician. Quien lo controle tendrá el mundo en sus manos, como Paul con la melange. Sí, Herbert habla de nuestro mundo, un mundo saturado de corrupción.
¿Qué pasa cuando cae el dictador o el mal gobernante? Entra otro que está más alineado con el mismo pensamiento. Lo vemos en regímenes de otros países, y en los narcos de nuestro México: cuando atrapan al jefe, aparece otro peor, más sádico. Así son los gobernantes. Me acuerdo de una película que ya analicé, Madre, donde se dice que el humano siempre quiere más, que no hay un límite. Aunque la Tierra te dé todo, la gente siempre exige más hasta lastimarla. Eso pasa con el poder:s iempre quieres más, sin importar el costo, aunque signifique matar o aniquilar a miles para que crean en ti o en la religión que elige el gobernante. Lo vimos en las cruzadas, y en Dune no es diferente.
El final de estos libros se los contaré paso a paso, poco a poco, porque aún quedan cinco más por delante.

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