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foto kiki la aprendiz de bruja
"Cada uno tenemos que encontrar nuestra propia inspiración... y a veces no es nada fácil." - Kiki, la aprendiza de bruja (1989)
Rebeca Laureano Palma (Beka)
Todos los derechos reservados.
Cuernavaca, Morelos, México. 2024.

Navidad en casa de los abuelos

Inolvidable
Publicado:
12/30/25

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Navidad en casa de los Abuelos

Esta vez quiero escribir un poco sobre la Navidad y cómo lo celebraba cuando era pequeña y aún hoy en día. Me hizo reflexionar porque escuché a una señora en redes sociales que nos advertía no dejarnos llevar por las grandiosas Navidades y decoraciones que poca gente puede adquirir; eso llega a los ojos de los niños, que a veces solo sueñan con vivir fiestas así de adornadas. Y yo era una de ellas cuando estaba pequeña: la realidad es que esas Navidades que vemos en redes solo una pequeña —pero muypequeña— parte de la población tiene el lujo de comprarlas y montarlas a esa magnitud y con esos excesos como: decorar el árbol cada año de forma diferente o poner dos o tres árboles en casa cuando apenas alcanza para uno.

Pasado

Cuando era pequeña, recuerdo muy vívidamente las Navidades en casa de mis papás, a quienes ahora llamamos “los abuelos” porque lo son. De niña no había cambio de árbol: de hecho, comprar uno era complejo y costoso, como te he platicado en otras ocasiones, porque vivíamos en una vecindad y el dinero, aunque nos alcanzaba, era para lo básico.

El otro día platicaba con mi esposo y me puse a pensar: supuestamente, para estar en clase media, una pareja debería ganar 120mil pesos al mes entre dos personas, porque eso alcanza para cultura, educación, vivienda y transporte; muchos pertenecemos a otra clase social y a veces nos engañamos pensando que estamos en una a la que no pertenecemos.

En el caso de mis papás, éramos de clase baja-media. En esa época lo interesante es que te vendían cosas que duraban mucho tiempo, como las hermosas esferas de hilo que tenía mi mamá; hasta que ella las tiró, nunca se vieron mal, no como hoy en día que todo es de temporada. Mi mamá dice que antes las cosas se hacían con el propósito de que te duraran mucho tiempo como el árbol, que fueron más de diez años que estuvo con nosotros.

Yo también añoraba esos muebles perfectos de las películas o esa Navidad de Mi pobre angelito, pero la realidad es que no podíamos tenerlo; sin embargo, teníamos algo más importante: el amor de los papás y el esfuerzo que hacían por comprarnos juguetes en la tienda del IMSS. Eso lo recuerdo con mucho aplomo y amor. Cuando le llegaba el aguinaldo y sus prestaciones, íbamos a la tienda del Seguro Social, que te daba un préstamo para comprar la cena; aunque no eran las grandes tiendas de las películas, yo así las sentía, porque la felicidad de ir a comprar era inmensa. Los adornos de esas tiendas para mí eran inigualables o las canciones navideñas mexicanas que se escuchaban, mientras comprabamos todo, llenaba mi corazón de alegría.

Le compartía a mi esposo otro recuerdo como un cuadro que no se desmancha, en ese entonces cuando comprabamos en esa tienda mi mamá nos regalaba una lecherita de esas que saben a azúcar deliciosa. Hoy lo observo todo con ojos de adulta y era una dicha. No digo que esté bien ser de clase social baja —porque no debería haber tanta pobreza y todos merecemos una mesa digna para Navidad o poder comprar adornos nuevos si quisiéramos—, pero la realidad de México es así: los pocos adornos se van comprando con el paso del tiempo y se guardan para las siguientes fiestas. Mi mamá, por ejemplo, si saca esferas, las vuelve a pintar y las reutiliza en la corona u otro lado.

Me viene a la memoria cuando quise una guirnalda como las gringas, enormes y hermosas. Mi mamá dijo: “Vamos a comprarla”, pero llegamos a la papelería y me quedé con cara de sorpresa, porque no sabía que ahí se adquirían. La señora le dio una guirnalda delgada de plástico; le dije: “Esta no es”, y ella respondió: “Es que le faltan los adornos”. Pensé que llegando a casa se vería como en las películas, pero mi decepción se convirtió en los recuerdos más hermosos, porque me enseñó que con poco y un punto de vista diferente, todo puede ser hermoso.

Presente

Cada vez que entro a la casa de mis papás y veo los muebles, las sillas viejas, las cosas que guardan y todo lo que tienen, sé que lo han conseguido con mucho esmero y dedicación; aunque los muebles no son nuevos, pero si hablaran compartirían tantas historias de nosotros. Este año, al entrar, me di cuenta de que esos muebles viejitos, esas decoraciones de “chile, mole y pozole”, son porque no había economía para comprar todo de un jalón: cuando mis papás iban por un mueble y después querían lo demás, ya no había, porque se habían descontinuado, y entraba otro.

En la casa de los abuelos aún persisten muebles de mis hermanas, como los de aquella que se divorció. En esa ruptura, ella se quedó con varios; pero al regresar a casa de mis papás —que la recibieron con los brazos abiertos—, esos muebles se convirtieron en parte del hogar familiar.

Esos mismos objetos, testigos mudos de una separación dolorosa, ahora presencian una unión más fuerte. Esos mismos muebles observaron como los abuelos vieron crecer a sus nietos; con cada comida que la abuela preparaba con tanto amor —esos tacos dorados o sopescrujientes— son fiel testigo de ese cariño inquebrantable. Aun hoy, a sus 75 años, sigue cocinándolos con manos más lentas y cansadas, pero con el amor infinito de una madre y abuela. Y los muebles siguen presenciándolo todo.  

Mi papá, por su parte, sacaba a sus nietos a jugar con las bicicletas que ya no están, porque dejaron de servir, porque los niños crecieron. Esos recuerdos perduran en las paredes de la casa, tejiendo lazos que el tiempo no deshace.

Sin embargo, los nietos siguen llegando, ahora con novias y novios, a esa casa con sus muebles viejos y trastes de tanto uso: el uso de una familia que se ha engrandecido, pero que esas cositas viejitas siguen dando cobijo a las nuevas generaciones. Como la gran olla del pozole, que el 15 de septiembre aguanta 8 kilos de ese rico caldo, o la olla de los tamales que mi mamá compró cuando éramos pequeños, cosas que ella no tira. Ahora que estuvimos en Navidad, todo se ocupa porque la gran familia se abre paso para llegar y disfrutar de la compañía de los abuelos y de esos trastes antiguos que aún funcionan.

Con ojos de adulta, me doy cuenta de que lo importante son esos adornos viejos los que tienen una historia, como las risas de hijos y nietos a través del tiempo. Ahora que son adolescentes o jóvenes adultos, esos adornos capturarán nuevas historias, cantos, juegos navideños, olores de ponche, romeritos que pertenecen a la Navidad y que se impregnan en un árbol no tan nuevo, pero cargado de amor en cada rama de plástico.

Esa es la casa de los abuelos, esa es la Navidad con la que crecí: con regalos de la papelería, porque el dinero se guardaba para Santa y Reyes Magos. Hoy por hoy, ya grandes, tenemos dinero para mejoresobsequios, pero las risas y la unión ganan más que la ropa de marca, porque eso se deteriora; los lazos familiares, si se saben sembrar como nos enseñaron los abuelos, se quedarán para siempre.

Futuro

Y cuando... es triste, pero así es la vida... cuando los abuelos ya no estén… ese día que entré a la sala de mis papás me quedé pensando en eso: extrañaré esos muebles viejos, esas ollas que guarda mi mamá, esos platos sin par, unos viejos, otros más recientes. Extrañaré aquellos olores de Navidad y a mi mamá griándole a su “viejito” para que saque los adornos, extrañaré todo, completamente todo lo que en mi niñez o adolescencia quería cambiar por adornos más nuevos o muebles más elegantes.

Ahora, con ojos de adulta, extrañaré esos muebles, ese árbol, esos adornos o detalles comprados en la papelería —que no se ven elegantes, pero tienen el corazón y el alma de unos abuelos que hacen todo para que la casa luzca mejor— son irremplazables. Los muebles mezclados, la comida de mi mamá, los ejercicios de mi papá que me heredó. Y aunque el futuro parezca triste, no lo es: si sus enseñanzas son profundas, estaremos reunidos aun cuando ya no estén; me quedaré con sus ollas viejas o lo que sea para recordarlos.

Una vez les hice un chiste a mis papás les dije que ellos nunca morirán porque los momificaré y los pondré en un cristal; aunque suena a terror, todos se rieron diciendo “¡sí, abuelos, y aquí estarán presentes!”. La realidad es que la presencia de sus enseñanzas, de su amor al prójimo, perdurará para siempre. La felicidad con la que viven laNavidad —con poco o más dinero— no importa: nos han enseñado a vivir el hoy y el ahora, a disfrutar con el corazón lo que uno tiene, poco o mucho.

Porque al final la vida pasa tan rápido, en un abrir y cerrar de ojos y aunque ese dicho es un cliché, escierto: no te das cuenta de que las Navidades se van a gran velocidad, de que las risas se quedan como un eco en la casa de los abuelos. Esa memoria y ese amor se quedarán en nuestros corazones. Por eso siempre añoro la Navidad en casa de los abuelos.

Navidad en casa de los abuelos

Inolvidable
Beka Laureano
-
Reflexiones
Publicado:
Dec 30, 2025

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Navidad en casa de los Abuelos

Esta vez quiero escribir un poco sobre la Navidad y cómo lo celebraba cuando era pequeña y aún hoy en día. Me hizo reflexionar porque escuché a una señora en redes sociales que nos advertía no dejarnos llevar por las grandiosas Navidades y decoraciones que poca gente puede adquirir; eso llega a los ojos de los niños, que a veces solo sueñan con vivir fiestas así de adornadas. Y yo era una de ellas cuando estaba pequeña: la realidad es que esas Navidades que vemos en redes solo una pequeña —pero muypequeña— parte de la población tiene el lujo de comprarlas y montarlas a esa magnitud y con esos excesos como: decorar el árbol cada año de forma diferente o poner dos o tres árboles en casa cuando apenas alcanza para uno.

Pasado

Cuando era pequeña, recuerdo muy vívidamente las Navidades en casa de mis papás, a quienes ahora llamamos “los abuelos” porque lo son. De niña no había cambio de árbol: de hecho, comprar uno era complejo y costoso, como te he platicado en otras ocasiones, porque vivíamos en una vecindad y el dinero, aunque nos alcanzaba, era para lo básico.

El otro día platicaba con mi esposo y me puse a pensar: supuestamente, para estar en clase media, una pareja debería ganar 120mil pesos al mes entre dos personas, porque eso alcanza para cultura, educación, vivienda y transporte; muchos pertenecemos a otra clase social y a veces nos engañamos pensando que estamos en una a la que no pertenecemos.

En el caso de mis papás, éramos de clase baja-media. En esa época lo interesante es que te vendían cosas que duraban mucho tiempo, como las hermosas esferas de hilo que tenía mi mamá; hasta que ella las tiró, nunca se vieron mal, no como hoy en día que todo es de temporada. Mi mamá dice que antes las cosas se hacían con el propósito de que te duraran mucho tiempo como el árbol, que fueron más de diez años que estuvo con nosotros.

Yo también añoraba esos muebles perfectos de las películas o esa Navidad de Mi pobre angelito, pero la realidad es que no podíamos tenerlo; sin embargo, teníamos algo más importante: el amor de los papás y el esfuerzo que hacían por comprarnos juguetes en la tienda del IMSS. Eso lo recuerdo con mucho aplomo y amor. Cuando le llegaba el aguinaldo y sus prestaciones, íbamos a la tienda del Seguro Social, que te daba un préstamo para comprar la cena; aunque no eran las grandes tiendas de las películas, yo así las sentía, porque la felicidad de ir a comprar era inmensa. Los adornos de esas tiendas para mí eran inigualables o las canciones navideñas mexicanas que se escuchaban, mientras comprabamos todo, llenaba mi corazón de alegría.

Le compartía a mi esposo otro recuerdo como un cuadro que no se desmancha, en ese entonces cuando comprabamos en esa tienda mi mamá nos regalaba una lecherita de esas que saben a azúcar deliciosa. Hoy lo observo todo con ojos de adulta y era una dicha. No digo que esté bien ser de clase social baja —porque no debería haber tanta pobreza y todos merecemos una mesa digna para Navidad o poder comprar adornos nuevos si quisiéramos—, pero la realidad de México es así: los pocos adornos se van comprando con el paso del tiempo y se guardan para las siguientes fiestas. Mi mamá, por ejemplo, si saca esferas, las vuelve a pintar y las reutiliza en la corona u otro lado.

Me viene a la memoria cuando quise una guirnalda como las gringas, enormes y hermosas. Mi mamá dijo: “Vamos a comprarla”, pero llegamos a la papelería y me quedé con cara de sorpresa, porque no sabía que ahí se adquirían. La señora le dio una guirnalda delgada de plástico; le dije: “Esta no es”, y ella respondió: “Es que le faltan los adornos”. Pensé que llegando a casa se vería como en las películas, pero mi decepción se convirtió en los recuerdos más hermosos, porque me enseñó que con poco y un punto de vista diferente, todo puede ser hermoso.

Presente

Cada vez que entro a la casa de mis papás y veo los muebles, las sillas viejas, las cosas que guardan y todo lo que tienen, sé que lo han conseguido con mucho esmero y dedicación; aunque los muebles no son nuevos, pero si hablaran compartirían tantas historias de nosotros. Este año, al entrar, me di cuenta de que esos muebles viejitos, esas decoraciones de “chile, mole y pozole”, son porque no había economía para comprar todo de un jalón: cuando mis papás iban por un mueble y después querían lo demás, ya no había, porque se habían descontinuado, y entraba otro.

En la casa de los abuelos aún persisten muebles de mis hermanas, como los de aquella que se divorció. En esa ruptura, ella se quedó con varios; pero al regresar a casa de mis papás —que la recibieron con los brazos abiertos—, esos muebles se convirtieron en parte del hogar familiar.

Esos mismos objetos, testigos mudos de una separación dolorosa, ahora presencian una unión más fuerte. Esos mismos muebles observaron como los abuelos vieron crecer a sus nietos; con cada comida que la abuela preparaba con tanto amor —esos tacos dorados o sopescrujientes— son fiel testigo de ese cariño inquebrantable. Aun hoy, a sus 75 años, sigue cocinándolos con manos más lentas y cansadas, pero con el amor infinito de una madre y abuela. Y los muebles siguen presenciándolo todo.  

Mi papá, por su parte, sacaba a sus nietos a jugar con las bicicletas que ya no están, porque dejaron de servir, porque los niños crecieron. Esos recuerdos perduran en las paredes de la casa, tejiendo lazos que el tiempo no deshace.

Sin embargo, los nietos siguen llegando, ahora con novias y novios, a esa casa con sus muebles viejos y trastes de tanto uso: el uso de una familia que se ha engrandecido, pero que esas cositas viejitas siguen dando cobijo a las nuevas generaciones. Como la gran olla del pozole, que el 15 de septiembre aguanta 8 kilos de ese rico caldo, o la olla de los tamales que mi mamá compró cuando éramos pequeños, cosas que ella no tira. Ahora que estuvimos en Navidad, todo se ocupa porque la gran familia se abre paso para llegar y disfrutar de la compañía de los abuelos y de esos trastes antiguos que aún funcionan.

Con ojos de adulta, me doy cuenta de que lo importante son esos adornos viejos los que tienen una historia, como las risas de hijos y nietos a través del tiempo. Ahora que son adolescentes o jóvenes adultos, esos adornos capturarán nuevas historias, cantos, juegos navideños, olores de ponche, romeritos que pertenecen a la Navidad y que se impregnan en un árbol no tan nuevo, pero cargado de amor en cada rama de plástico.

Esa es la casa de los abuelos, esa es la Navidad con la que crecí: con regalos de la papelería, porque el dinero se guardaba para Santa y Reyes Magos. Hoy por hoy, ya grandes, tenemos dinero para mejoresobsequios, pero las risas y la unión ganan más que la ropa de marca, porque eso se deteriora; los lazos familiares, si se saben sembrar como nos enseñaron los abuelos, se quedarán para siempre.

Futuro

Y cuando... es triste, pero así es la vida... cuando los abuelos ya no estén… ese día que entré a la sala de mis papás me quedé pensando en eso: extrañaré esos muebles viejos, esas ollas que guarda mi mamá, esos platos sin par, unos viejos, otros más recientes. Extrañaré aquellos olores de Navidad y a mi mamá griándole a su “viejito” para que saque los adornos, extrañaré todo, completamente todo lo que en mi niñez o adolescencia quería cambiar por adornos más nuevos o muebles más elegantes.

Ahora, con ojos de adulta, extrañaré esos muebles, ese árbol, esos adornos o detalles comprados en la papelería —que no se ven elegantes, pero tienen el corazón y el alma de unos abuelos que hacen todo para que la casa luzca mejor— son irremplazables. Los muebles mezclados, la comida de mi mamá, los ejercicios de mi papá que me heredó. Y aunque el futuro parezca triste, no lo es: si sus enseñanzas son profundas, estaremos reunidos aun cuando ya no estén; me quedaré con sus ollas viejas o lo que sea para recordarlos.

Una vez les hice un chiste a mis papás les dije que ellos nunca morirán porque los momificaré y los pondré en un cristal; aunque suena a terror, todos se rieron diciendo “¡sí, abuelos, y aquí estarán presentes!”. La realidad es que la presencia de sus enseñanzas, de su amor al prójimo, perdurará para siempre. La felicidad con la que viven laNavidad —con poco o más dinero— no importa: nos han enseñado a vivir el hoy y el ahora, a disfrutar con el corazón lo que uno tiene, poco o mucho.

Porque al final la vida pasa tan rápido, en un abrir y cerrar de ojos y aunque ese dicho es un cliché, escierto: no te das cuenta de que las Navidades se van a gran velocidad, de que las risas se quedan como un eco en la casa de los abuelos. Esa memoria y ese amor se quedarán en nuestros corazones. Por eso siempre añoro la Navidad en casa de los abuelos.

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