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foto kiki la aprendiz de bruja
"Cada uno tenemos que encontrar nuestra propia inspiración... y a veces no es nada fácil." - Kiki, la aprendiza de bruja (1989)
Rebeca Laureano Palma (Beka)
Todos los derechos reservados.
Cuernavaca, Morelos, México. 2020.

Consciente

La ira un arma letal. Con tan sólo observar el mundo nos damos cuenta que ese sentimiento crea, tiroteos, peleas, guerras, te ciega y no deja cabida a nada más.
Beka Laureano
Cuento para:
Adolescentes
Publicado:
15/1/20
Tiempo de lectura:
17 minutos

Escucha el cuento:

Se moja tu entrepierna, el liquido surge súbitamente, mancha el pantalón de la pijama que te regaló tu hija. Aún no lo sabes, porque no sientes el dolor, pero has sido herida de gravedad. Te revisas y te preguntas de dónde viene la sangre, quisieras detenerte y revisar tu cuerpo, pero no puedes, tienes que seguir corriendo. Inhalas y exhalas, has perdido fuerza, necesitas encontrar un refugio.
        La oscuridad apagada, la noche te envuelve y te deja ciega. No habías visto de esta manera tu ciudad, es otra, completamente otra. El silencio es tu refugio. Te balanceas lado a lado, empiezas a sentir la herida, el dolor se desprende como fuego interno.
        Los sonidos son tu penuria, ese recuerdo que te rebota en la cabeza, los sonidos del horror no se detienen y sabes que no lo harán.
        Recuerdas que más adelante se encontraba una vieja tlapalería, aquella tienda empolvada y sucia que nadie visitaba; su dueño, un señor canoso, usaba la barba larga muy descuidada, sus fosas nasales eran abismales con un sinnúmero de vellos y mucosidad que provocaban asco. Te dices: “sólo está él, nadie más”, te apresuras para llegar a ese refugio perfecto.
         Has empezado a cojear y no entiendes por qué sigues tratando de vivir, por qué no te has dado por vencida. No lo sabes y a la vez lo sabes, es pura sobrevivencia, piensas.
         La tlapalería sigue en pie, parece que ahí no pasó nada, de hecho, es como si fuera parte del entorno, como si hubiese estado esperando ese desorden.
         Tu mano temblorosa, trepidante toca la puerta, quieres entrar, pero la incertidumbre, el miedo, el horror se apoderan de ti. El sonido se acerca y no te deja alternativa, abres la puerta, la campanilla suena, es la señal de que has llegado, “¿estaré a salvo?”, te preguntas. Lo primero que percibes es ese olor entre polvo, tíner, pintura y acetona, que te hace imposible no estornudar, lo haces tan fuerte que sonorizas el interior de la tlapalería por unos segundos.
         Te tapas la boca conteniendo el aire, no te das cuenta de que lo sostienes hasta que lo sacas cuando el peligro ha pasado. Tu cara que se tornó roja por el esfuerzo, regresa a su color natural, el aire vuelve a entrar de manera normal a tus pulmones y tu corazón palpita tranquilamente. Te vas a la parte de atrás, sabes que el señor guardaba un pequeño botiquín, esperas que te sirva, quieres ver qué tan grave es la herida. Entras sigilosamente al cuarto, volteas, revisas de arriba a abajo, de atrás para adelante. Buscas algún indicio que te indique lo que aquí ocurrió, alguna mancha de sangre, pero nada, lo único que encuentras es una torta de jamón con gusanos que se escabullen dentro del pan y un refresco sin burbujas.
         Ves el pequeño mueble y caminas hacia él, abres el primer cajón, el segundo, el tercero, tiras las cosas al piso, no encuentras lo que buscas, estás desesperada. El cansancio te cae como bomba y quieres pensar que sólo es eso, te repites una y otra vez que nada más es cansancio.
         Te tumbas en el suelo para revisar qué tan profunda es tu herida y al intentar hacerlo miras el foco, ese objeto sin vida que no piensa ni percibe dolor y deseas ser como él. Y ahí en el fondo, encima de un estante de metal está el botiquín, haces un esfuerzo por levantarte, con ambas manos te apoyas en el escritorio viejo hasta ponerte de pie, renqueando llegas al fondo de la habitación y bajas el botiquín. Te sientas un minuto, descansas.
        Te quitas el pantalón y aúllas ahogadamente mientras la tela se resbala y roza ese lado de tu cuerpo. Te das cuenta de que ya no hay solución, tanto trayecto que has recorrido para acabar así.
        Abres el botiquín, escarbas todo y te da alegría encontrar la última píldora blanca de naproxeno que esperas apacigüe tu dolor. Observas dos pequeñas sábanas tiradas en el piso y te recuestas sobre ellas, aunque resalta una mancha verdosa, no te importa, no hueles, el cansancio te gana y te duermes.

No debo parar, ¡corre, corre Luisa, lo más rápido posible!, miro para todos lados y no veo a nadie, ni a Diego, el joven que venía conmigo, no sé qué pasó con él, lo perdí completamente de vista.
          Mi entrepierna está mojada, ¿qué me pasó?, ¿me hice del baño a estas alturas?, no lo dudo, le sucedió a Patricia, apenada mojó sus pantalones y con la mirada baja empezó a llorar; por supuesto le dijimos que era normal y unos kilómetros adelante, después de que la orina se secó, el olor era insoportable, pero lo comprendimos.
         Sigo sin detenerme, lo mojado de mi entrepierna no me molesta, pero siento dolor. Es como si la adrenalina se esfumara lentamente y mi corazón dejara de latir con fuerza, camino. El sistema nervioso abre paso al dolor y empiezo a renquear. La tortura aflora súbitamente, no puedo gritar, trato de ver rápidamente sobre el pantalón de la pijama que me regaló mi pequeña hija la Navidad pasada.
         La oscuridad es tan penetrante, sin luz la ciudad se ve distinta, tétrica, tenebrosa. El azul oscuro se sumerge en todos lados, incluso en los autos blancos que están varados sobre las aceras.
         Me apresuro porque los sonidos se vuelven cada vez más fuertes, esos sonidos que hacen que mis más profundos terrores salgan a relucir.
Casi grito al sentir unos pasos atrás de mí, pero sólo es un perro, aún conserva su collar azul y placa plateada, pero está tan espantado que al intentar agarrarlo se echó a correr. El frío me llega de repente, sin tanta gente y sin el humo de los autos el calor se ha disipado. Froto mis manos para entrar en calor, pero no lo logro. Más adelante se encuentra una tlapalería, creo que es un lugar seguro, el señor Flavio era el único que estaba ahí y casi no tenía clientes, era dueño de ese espacio, de ese lugar tan grande que llegaron empresas a querer comprarle, pero este viejo era un roble, jamás iba a vender y jamás se saldría de ahí. Ese lugar es seguro porque parecía una tlapalería fantasma, además no está tan lejos. Los ruidos de mi ciudad han cambiado drásticamente, los quejidos, gemidos, maullidos, ladridos y en ocasiones gritos me causan angustia y terror.
         Ya estoy aquí parada frente a la puerta de cristal de la tlapalería, puedo observar el interior, parece vacía, pero no estoy del todo segura, espero que así sea. Recuerdo la campanilla, en otras épocas se escuchaba familiar, ahora me provoca terror. Este lugar lo conozco desde pequeña, venía seguido con mi padre quien tendría la misma edad que el señor Flavio, pero falleció de cáncer hace dos años, de hecho, la última vez que vinimos aquí lo vi tan saludable, pero de ahí en adelante fue enfermedad, tras enfermedad. Por eso siempre compraba aquí, me recordaba los buenos tiempos que pasé con mi papá.
         Abro la puerta, entro y reviso el entorno, el silencio es buena señal. Atrás de los estantes está un cuarto, un lugar oscuro y frío donde el señor Flavio pasaba, la mayor parte del tiempo, comiendo, viendo la tele o durmiendo, ese lugar me da miedo, pero sé que ahí había un botiquín.
         Camino hasta llegar a la pequeña puerta corrediza, la jalo y me preparo para lo peor; observo detenidamente el lugar y no encuentro algún indicio que me diga que aquí pasó algo malo, no hay rastros de sangre, sin embargo, percibo el olor a podrido que proviene de la comida que está sobre el escritorio. El dolor de mi pierna se ha intensificado, ¿dónde estará el botiquín?, necesito encontrarlo o será mi perdición.
         Este dolor recorre cada milímetro de mi cuerpo, se está expandiendo, necesito descansar. Cierro los ojos y me tumbo en el suelo boca arriba, al abrirlos miro el foco, ese objeto sin vida que no siente y deseo ser como él, sonrío, pienso lo que sea con tal de distraerme de la situación en la que me encuentro. Mis ojos se detienen en algo, ¿qué es eso? parece ¡el botiquín! “Luisa, haz el último esfuerzo y levántate”. Coloco mis manos sobre el escritorio, me sostengo lo más fuerte que puedo y me levanto, renqueando llego hasta donde está y lo bajo.
        De verdad me siento tan cansada, jamás me había sentido así, ni cuando doblaba turno para sostener a mi niña.
        Al bajarme el pantalón de mi pijama, la tela roza mi piel y el dolor recorre cada poro, no lo puedo soportar, pero lo hago, veo la herida y tristemente me doy cuenta que no hay solución. Lo que más me duele es no poder cumplirle la promesa a mi niña, pero ella está a salvo, salió antes y la llevaron a una zona segura, espero que su futuro sea prospero. ¡Te amo, mi niña!
        Abro el botiquín y encuentro naproxeno, ¡gracias, Dios!, espero que disminuya mi dolor. Lo único que quiero ahora es dormir, me siento exhausta, comencé a temblar de frío. Esas dos sábanas no se ven limpias, pero a estas alturas no importa, deseo sentir calor, aunque el olor es bastante desagradable, me acurruco en una esquina, me tapo y me duermo.


Te duermes, no te importa lo que pasa afuera. Entiendes que hasta aquí llegaste, aunque no dejas de preocuparte por tu hija, sabes que no hay mucho por hacer. Entre sueños, como la cinta de una película, se reproducen los recuerdos. Te sientes tranquila viendo esas imágenes que te dan alegría. Te envuelves en el regocijo al recordar a Rosa, recién nacida. La abrazas con añoro y dedicación, le prometes que siempre la cuidarás y como bomba te llegan las imágenes de su partida; ese autobús lleno de infantes, no pudiste ir con ella, no te dejaron ir. El siguiente autobús era para los padres, pero no llegó. Te arrepientes con todas tus fuerzas de haberla dejado partir, pero también te alegras, porque si ella se hubiese quedado contigo tendría el mismo destino. Esperas que el futuro sea prometedor, aunque no te lo parece, el presente es caótico. Las lagrimas te brotan desde la profundidad de tus sueños, pero no puedes despertar.

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Pasanlos días…

 

Escucho mi respiración, tengo hambre. Abro los ojos y veo todo en blanco y negro, me levanto, el dolor se ha ido. Salgo por la puerta dela tlapalería y empiezo a olfatear en busca de alimento, corro, mi olfato me guía.

 

Quieres detenerte, te preguntas ¿qué está sucediendo?, no entiendes nada. No entiendes por qué tus ojos sólo ven en blanco y negro. No sientes frío, aunque estás descalza. Te detienes y olfateas como un animal hambriento, te encuentras un pedazo de pan, lo pones en tu boca, pero al morderlo te da tanto asco que lo escupes.

 

Veo una carnicería, corro, me estampo con el vidrio de la vitrina y aunque lo golpeo varias veces, no logro obtener la carne que tanto anhelo. Me doy la media vuelta, ahora camino arrastrando los pies, gruño, continúo mi trayecto en compañía de otros como yo. La búsqueda de alimento da inicio.

 

Hueles el aroma a sangre que hace que tus papilas gustativas saliven, caminas a paso acelerado, algo vas a encontrar y ahí está una vitrina, la carne que exhibe no tiene buen aspecto, pero te abalanzas sobre ella como una loba hambrienta. Te estampas, golpeas el vidrio, te rompes un dedo y no te das cuenta, pareciera que tu sistema nervioso ha dejado de funcionar. Los ruidos que tanto te molestaban ahora tú los emites. Caminas arrastrando los pies y a tu lado van otros como tú. La oscuridad dejó de molestarte, lo que te mantiene en movimiento es esa hambre voraz que no has saciado.

 

Corren, todos corren y yo también lo hago. Persecución, jadeos, unos tropiezan y caen, pero se vuelven a levantar, yo también caigo, y al igual que los otros me levanto. Voy tras un olor, eso es lo que he estado buscando, lo que todos nosotros buscamos.

 

El sol te da en la piel, pero no lo percibes, es como si la sensación de calor ya no existiera. Observas que tu piel ha cambiado, ahora su tono es ligeramente verde y sabes que no es una enfermedad. Estás consciente e inconsciente. Hablas dentro de tu mente y te imploras, te suplicas no seguir, pero no puedes hacer nada, aunque escuchas esas súplicas, no las puedes acatar, es como si estuvieras muerta en vida. Te dices que lo peor es que estás consciente, que sabes que aún estás aquí. Es como si estuvieras en una máquina que no controlas, deseas parar, pero sigues, ese instinto te ha cegado. Caminas con los demás y bajas las escaleras hacia el metro, puedes percibir a una persona por su respiración, por el intercambio gaseoso en la concavidad semiesférica situada al final delos bronquios, intercambio de oxígeno con la sangre, ventilación que le da vida. No sabes dónde está, pero escuchas como si fueras un superhéroe. Caminas lento, gruñendo, olfateando y todos los que están a tu lado hacen lo mismo.

 

—¡No lo hagas!

—No puedo detenerme, lo necesito, mi cuerpo me habla.

—Si lo haces te sentirás muerta en vida. No sabes hasta cuándo vivirás y cargarás con eso.

—Pero estoy viva.

—¿Lo estás?

—Camino, corro, sé que estoy viva.

—¿Segura?

 

Caigo a las vías, me levanto, cojeo, arrastro una pierna.Llego al metro, golpeo la puerta del conductor, de mis manos brota sangre que mancha los vidrios, mis uñas rascan una y otra vez.

—Sé cómo se abre, pero no coordino. Sólo golpeo, tengo tanta hambre, no podré resistir el deseo.

—Resiste, resiste, te lo imploro.

—Lo siento.

 

Caes a las vías del tren y te fracturas el tobillo en tres partes, pero no experimentas dolor; no te detienes, te levantas, no puedes ver nada, pero el instinto te habla, te dice lo que debes hacer. Tratas de correr, pero no puedes, caminas aprisa arrastrando tu tobillo fracturado, el olfato te guía. Te detienes frente al metro que se quedó varado a mitad del trayecto, golpeas fuertemente la puerta del conductor, se hieren tus puños, tanto que empiezas a sangrar y dejas manchado el vidrio. Te das cuenta de que no es sólo tu sangre, los demás golpean con tanta brusquedad que también han dejado manchas y hasta trozos de piel se quedan pegados en la ventana. Rasguñas el vidrio desesperadamente y en el proceso tres uñas se te caen al piso. La sangre parece coagulada, no fluye.Logran abrir la puerta del conductor.

 

­­­­­            ––Detente, si no lo haces te arrepentirás.

––Me gustaría detenerme, me gustaría no hacer lo que estoy a punto de realizar. Me gustaría tener otro final, pero estoy aquí.

­            ––Tú puedes, estoy aquí, eso quiere decir que tienes oportunidad, eso quiere decir que aún estás con vida.

––¡Ay consciencia mía!, no puedo controlarme.

––Lo puedes hacer, aún creo en ti, ¿cómo crees que llegamos hasta este punto?

­            ––¿Acaso lo sabes?

––Recuerdas las noticias, recuerda el primer caso. No la mordieron, no la rasguñaron, sólo enfermó y esto se esparció tan rápido.

––Apenas logro recordar.

––Recuerda que un señor enmudeció de coraje y la tragedia sucedió.

—¿No lo recuerdo?

—Recuerda que tuvo un pequeño accidente, un pequeño golpe en su carro y la discusión se tornó agresiva. A tu niña no se la llevó el camión, tú creaste esa historia.

—Lo recuerdo.

 

Sentada a lado del conductor, enojada, pero sin valor para rebelarte. Lo veías, suspirabas, te preguntabas qué había sucedido con la persona tierna de la cual te habías enamorado; qué había sucedido con ese chico pecoso que te acariciaba con ternura. Te casaste con él y todo cambió, se volvió agresivo, violento, celoso y eso sólo fue el principio. Tuviste el primer bebé y creció, pero él no cambió, al contrario, se tornó más agresivo y mientras más lo era, algo pasó dentro de ti, te volviste agresiva pasiva hasta ese momento.

 

Estoy a lado de él, maneja a gran velocidad esquivando los carros de la ciudad, lo hace porque quiere, por macho, porque un hombre me miró y como siempre, se puso violento.

—Detente, detente —le decía una y otra vez, pero continuó.

Un autobús venía despacio sin invadir ningún carril, él no se dio cuenta, el golpe fue muy suave, un rozón y se bajó del carro y comenzó la discusión. Los escuchaba gritar, el sonido que emitían era tan fuerte, sus voces tan graves resonaban en mi cabeza, recordaba todas las peleas y lo golpes que él me ha dado. Lo observaba manoteando de lado a lado. Le gritaba al señor exigiendo que le pagara de inmediato una cantidad exagerada de dinero y tan sólo era un pequeño golpe, pero él no dejaba de manotear, de gritar y sucedió tan rápido.

Me bajé del carro y tomé a mi hija de la mano, se la di a una señora, le di una dirección, la señora no dudó y se fue. ¿Qué cara tenía?, no lo sé, porque aceptó sin cuestionar, sin musitar, sin vacilar. Y mi niña se fue con ella en un autobús.

Yo lo escuchaba y mi sangre hervía, mis dientes se apretaban a tal grado que rechinaban, incluso uno se me cuarteó. Mi mano empezó a temblar, le siguió el brazo, la cabeza y el cuerpo completo. Me abalancé sobre él y lo mordí despellejando su yugular. La ira me invadió, la furia guardada por años se apoderó de mí. Él se defendió, me empujó y me pegué en la entrepierna, pero regresé y terminé con él.

Pero… algo sucedió, porque mi marido se levantó de la muerte y el odio se esparció por todos los rincones del mundo.

 

—Lo recuerdas.

—¡Ah!, consciencia mía, en dónde has estado, por qué no estabas conmigo, por qué ahora que no tengo el control. Consciencia, dime cómo podré detenerme.

—Ya no podrás.

 

Ves debajo dela tabla de los controles y en ese hueco oscuro hay un humano que tiembla, te acercas y escuchas cómo llora, pero nada te detiene. Has estado saboreado ese cuerpo con vida desde varios kilómetros atrás. Escuchas que sus pulmones captan el máximo de oxígeno en cada inhalación y que su sistema digestivo ha dejado de malgastar energía para enfocarlas en una sola acción.

Los demás aún no han podido entrar, no te queda mucho tiempo. Te acercas más, lo hueles, observas sus pupilas dilatadas y oyes la frecuencia de los latidos de su corazón que van en aumento, los vasos de la piel se le contraen y sus niveles de glucosa aumentan.

 

Estoy salivando, puedo percibir toda la reacción del miedo que siente. No podré detenerme, mientras más temor siente, se vuelve más delicioso para mí, es como si su miedo me provocará más hambre.

 

—Lo siento.

 

Mientras la muerdes, mientras te deleitas, mientras comes sus intestinos, mientas acabas con su vida, te das cuenta que era tu hija.

 

—¡No!

 

Te gritas, pero nadie te escucha, nadie nos escucha.  

Fin.

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"El mayor enemigo de un escritor novel es la oscuridad. Recibir la luz, la atención de otros, su gran reto." - Beka