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foto kiki la aprendiz de bruja
"Cada uno tenemos que encontrar nuestra propia inspiración... y a veces no es nada fácil." - Kiki, la aprendiza de bruja (1989)
Rebeca Laureano Palma (Beka)
Todos los derechos reservados.
Cuernavaca, Morelos, México. 2020.

Cuentos de brujas

Me apasionan las brujas, todo lo referente a ellas, se me hace tan mágico y a la vez tétrico. Y ya que se acerca el Día de los Muertos, me di a la tarea de crear historias con mi personaje favorito.
Beka Laureano
Cuento para:
Adolescentes
Publicado:
1/10/18
Tiempo de lectura:
14 minutos

Escucha el cuento:

Nací en Valle de Bravo, la arquitectura colonial es su aura. Caminar por estas calles empedradas emociona a cualquiera. Mirar las casas que siempre están pintadas de color blanco y rojo ladrillo, alimentan el alma. Los visitantes sonríen cuando transitan por este lugar. Se venden cosas típicas: elotes, esquites, quesadillas, tlacoyos. Si deseas algo más preparado también puedes encontrar mole de guajolote, la trucha, la cabeza de res, cerdo al vapor, las carnitas y la barbacoa. Si te da sed puedes disfrutar las aguas de sabor; pero si quieres algo más fuerte está el pulque, la sambumbia y diversos licores de frutas. Las iglesias son hermosas, si deseas casarte, éste es el lugar indicado. La Peña es una montaña en la cual disfrutarás de una vista arbolada que enmarca a las casas. 

Hoy es el día de muertos y este lugar se vuelve increíble. Los altares hablan. Las veladoras iluminan al pueblo. La gente llega a borbotones para admirar el entorno. Es un lugar mágico, pero como dice la gente de mi pueblo, las apariencias engañan. 

Camino directamente a la Peña, donde por costumbre en este día contamos cuentos de brujas. Pero no inventadas, historias reales que han sucumbido en el poblado. Muchas de estas narraciones pasan de generación en generación y muchas de ellas son actuales. Nos sentamos alrededor de la fogata, niños, abuelos y comenzamos los relatos…

Ella llegó al pueblo, le encantó. Jackie era una mujer extranjera de pelo largo, dorado y lacio, ojos verdes, alta, delgada. Típico estereotipo gringo. Disfrutó como tantos de este pueblo que decidió quedarse una temporada. Pero ella se enamoró de un joven mexicano llamado Pedro. Él era propietario de una cafetería donde se conocieron, al verla quedó encantado con su belleza y comenzaron a salir. Con el paso del tiempo él le pidió matrimonio y se casaron. Una ceremonia diferente. 

Un año después quedó embarazada, la joven mujer se veía radiante. Siempre caminaba en el mercado, le encantaba ese lugar, compraba todo lo que se le antojaba. Las frutas eran sus favoritas. Y cuando las señoras de mayor edad supieron que iba a tener un bebé, le regalaban amuletos, pero ella no creía en nada de eso y los tiraba. No le gustaba escuchar aquellas leyendas e historias del pueblo. Rechazaba rotundamente eso. Nueve meses después nació la niña que llamaron Margot. 

Las visitas no se hicieron esperar, los regalos tampoco. La familia de Pedro y Jackie llegaba con guantecitos, chambritas, zapatitos entre otras cosas. Las visitas cesaron. Una semana después la bebé comenzó a llorar por las noches. La llevaron al doctor y no tenía nada. 

Doña María la fue a visitar a destiempo ya que sus achaques no la habían dejado; sin embargo, ese día se sintió de maravilla. Era una viejita con cabello blanco, siempre llevaba una trenza que le llegaba más abajo de su cintura, portaba un mandil como si siempre estuviera guisando. Su estatura era baja, su complexión regordeta. Su cara estaba llena de arrugas y manchas de sol. A Jackie no le caía del todo bien, no le gustaba que hablara de cosas extrañas, ya que la señora había sido la curandera del lugar años atrás. 

Doña María vio a la bebé dormida en su cuna, se acercó y notó que en uno de sus bracitos tenía un moretón al igual que en una de sus piernitas. Jackie no le agradaba que la estuviera revisando, aunque trataba de ser cordial, su cara manifestaba todo lo contrario. La viejita no pudo contenerse y le dijo que colocará sal debajo de la cuna, que alrededor de la misma esparciera agua bendita, le dio un amuleto y por último que pusiera unas tijeras bajo el colchón. Le recalcó que así la bebé estaría protegida. Ella quería reclamarle, decirle que no era de su incumbencia, pero mejor le dio las gracias y la señora se fue. 

La viejita sabía que no lo haría, así que en la tarde mientras ella iba al mercado, regresó y se metió al cuarto de la beba. A Jackie se le había olvidado algo, vio la puerta entreabierta, escuchó ruidos en la habitación de Margot y subió como alma que lleva el diablo. Corrió a la señora agresivamente, aunque la doña intentó explicar, ella no la dejó. 

Por la tarde Pedro regresó de trabajar y ella le contó lo sucedido. Él le dijo que tenía que respetar las creencias de su pueblo. Entrada la tarde Jackie no dejaba de pensar en eso. Aunque quería poner las cosas que la señora le había dicho, era demasiado orgullosa, así que no lo hizo. 

Exactamente a las doce de la noche la bebé comenzó a llorar. Los pasillos de la casa estaban oscuros. Jackie y Pedro no escuchaban nada, a pesar de que los llantos de Margot podían despertar a cualquiera. Lloraba, lloraba fuerte, lloraba gritando, lloraba ahogada en terror. Sus manitas temblorosas, su boca tan abierta aclamaba a su madre. Por fin Jackie abrió los ojos, escuchó a su bebé, de un salto salió de la cama, levantó a Pedro. Corrieron por el pasillo tirando una mesa y una fotografía de los tres. 

Lo que vieron los dejó paralizados, quedó tatuado para siempre en su ser. Una silueta encorvada encima de la cuna de Margot, cargaba a la bebé. Movió la cabeza, sus ojos rojos, penetrantes. Los veía directamente, haciendo un siniestro ruido. Los perros de la colonia no dejaban de aullar y ladrar. La ventana estaba abierta, antes de que ellos pudieran hacer algo, la bruja voló y se llevó a Margot.

Después de lo sucedido ella regresó a su país, muchos dicen que quedó loca. A Pedro nadie lo volvió a ver.  

Si escuchas detenidamente, en esa fecha, mientras sopla el viento, podrás escuchar a Margot llorando, aclamando a su madre. 

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La fogata tronaba desprendiendo las chispas que se las llevaba el aire, parecían luciérnagas. Todos tomaban un respiro, callados, mirando directamente hacia el fuego. El calor envolvía el entorno. La abuela inició con la siguiente historia… 

Imaginen una época pasada donde el Valle de Bravo era pequeño y todos se conocían. Los hombres se vestían con sombreros y guaraches. Las mujeres con vestidos y rebosos. Los niños con esos pantaloncitos que les llegaban por debajo de la rodilla y antes del tobillo. Las cosas no eran desechables, la ropa se remendaba, la comida se cosechaba, la luz provenía de las velas, la luna iluminaba las calles por la noche. Si deseabas escuchar música existía el fonógrafo. Si deseabas divertirte existían los juegos cómo: la rayuela, las escondidillas o con un aro y un palo corrías a la vez que lo girabas en esas calles terrosas. 

Como todas las tardes José salió a jugar. Corrió hasta llegar al parque del pueblo. Allí estaba Juan, Francisco, Juana y Rosa. Era día de escuela, no podían quedarse tan tarde por eso eligieron su juego favorito, las escondidillas. La tarde era fresca con esos cielos de otoño donde las nubes tenían forma de borrego y los olores a cempasúchil se impregnaban en la nariz. 

Las reglas del juego eran sencillas tenían que esconderse entre las casas, más allá no estaba permitido. Y lo hacían porque si cruzaban las viviendas estaba el bosque, no deseaban que el juego se prolongara tanto. Les daba flojera buscar entre los árboles y aunque ellos no lo decían también les daba miedo. José recolectó del suelo cinco palitos rompiendo uno a la mitad. El que sacara el más pequeño le tocaba contar. 

Y esta vez Rosa sacó la varita más corta y empezó: uno, dos, tres, cuatro, cinco hasta llegar al treinta. Todos corrieron. Juana se ocultó detrás de la casa de Doña Silvia. Ella tenía un baúl viejo que no ocupaba y ahí se metió. Francisco no se fue tan lejos se quedó cerca, detrás de un árbol, a él le encantaba ver a su buscador y a la par moverse. Su técnica le funcionaba bastante bien, por lo regular era el último que encontraban. Juan hermano pequeño de Juana siempre la seguía ocultándose muy cerca de ella. A José le fascinaba correr lo más rápido que pudiese, siempre llegaba al límite establecido. 

Recuerdan cómo se siente esconderse mientras los buscan. La panza te gruñe, te dan ganas de ir al baño. Las piernas tiemblan suavemente y por un momento te quedas en silencio, volteas a todos lados, te encuentras solo, piensas que algo aparecerá. La ansiedad te atrapa, pero te diviertes con esa sensación. Ellos sentían eso. 

José escondido, callado, pero su sexto sentido percibió algo. Al voltear vio a Francisco que andaba por el bosque. Él le habló varias veces y no respondió. Francisco se ocultaba, salía, se ocultaba entre los troncos. José lo seguía, sin darse cuenta la oscuridad lo cubrió.  Entró en un trance, su cuerpo se movía solo, sudaba, su visión era borrosa. Una luz azul brillante iluminó una pequeña parte de la arboleda. Conforme José se aproximaba descubría seis sombras que danzaban alrededor de esa luz. Las canciones le hacían sentir mareos, dolor en los músculos; pero desgraciadamente su visión había mejorado. Se paralizó, cayendo a lado de ese fulgor flotante. Las sombras seguían cantando, se acercaban y se alejaban sin romper el círculo. Él gritó varias veces tan fuerte como pudo. 

Los chicos salieron de su escondite. Los pobladores de sus casas. El alarido de José se escuchó en todo el Valle. Con velas, palos, machetes y antorchas en mano, fueron a buscarlo. Dos días pasaron sin hallar nada. En la tarde del tercer día mientras la gente gritaba su nombre, mientras pisaban el pasto lleno de lodo, mientras los perros olfateaban. La madre de José aterrorizada, se desmayó. Sus amigos corrieron hacia ella, no sabían lo que pasaba; de pronto uno de ellos miró el ahuehuete distinguiendo perfectamente la cara de angustia y dolor de José. Se había quedado plasmado en el árbol. 

Si vas al bosque y tocas el ahuehuete, percibirás la misma angustia que él, porque su alma fue tomada, guardada por toda la eternidad. 

Mas leño a la fogata, más leño porque la llama se extingue dijo la abuela. Uno de los jóvenes preguntó: ¿De verdad el árbol sigue ahí?... Un señor de pelo negro con barba de chivo le respondió: ¿Quieres averiguarlo?...

El señor comenzó su historia…

Era una tarde de verano, el clima perfecto. La temperatura rondaba entre los veintiocho grados centígrados. Nuestras clases terminaban a las dos de la tarde, pero ese día salimos una hora más temprano, por eso mis amigos y yo decidimos ir a nadar. Sonó el timbre de la preparatoria. Todos fuimos a la caseta telefónica, hablamos a nuestras casas y nos dieron permiso. 

Éramos cinco personas. Normalmente nadamos muy cerca de la escuela. Conocíamos los peligros del lago, había zonas prohibidas porque las algas habían crecido tanto que si te sumergías podías quedar atrapado en ellas. Ya había sucedido accidentes de esa magnitud, sobre todo con los turistas. Sólo uno terminó en tragedia. 

Pero esta vez Manuel traía carro y nos aventuramos a ir más lejos. Llegamos a la cascada Velo de Novia, aunque el agua era fría nos encantaba darnos chapuzones ahí. Por supuesto estaba prohibido, pero nosotros conocíamos bien el lugar, sabíamos que los vigilantes no estarían. 

Estacionamos el carro, caminamos para llegar. Nadamos como nunca y no nos dimos cuenta de la hora hasta que nuestras tripas comenzaron a rugir. Eran las seis de la tarde, así que todos nos vestimos y empezamos a caminar para llegar al carro. Obviamente era necesario atravesar un tramo de bosque. Fue cuando pasó. 

Yo me quedé atrás necesitaba ir al baño y justamente vi el árbol perfecto que daba directamente al río. Las voces de mis amigos se iban alejando. El sonido del viento, pájaros y otros animales se hicieron más fuertes. Yo me quedé viendo hasta el fondo del lago. El sol que se desvanecía pegaba muy sutilmente en una gran roca. De repente como si la roca se partiera en dos, se comenzó a mover, resbalar gelatinosamente, convirtiéndose en una figura amorfa de color gris. La figura se levantaba a la vez que iba tronando. Se transformó en un ser alto, delgado con las manos largas afiladas. Su columna vertebral era encorvada que le sobresalían asquerosamente los huesos. La cara larga derretida. El cabello negro grasoso y sus ojos rojos que no dejaban de mirarme. Al principio me paralicé, pero uno de mis amigos regresó por mí. Por suerte yo traía las llaves del carro.

Cuando Manuel llegó, la bruja voló, su risa se quedó por más de tres minutos como un eco sin fin. Me tocó el hombro y dijo que mi cuerpo estaba tan duro como el metal. Y mis ojos blancos, me sacudió varias veces hasta que reaccioné. Los demás regresaron velozmente, porque habían escuchado esa maldita carcajada que no se disipaba. 

Todos nos fuimos de ahí y jamás volvimos a regresar. Aún hoy en día me da pánico ir a esas hermosas cascadas, siento que ella me está esperando, siento que cuando vuelva a regresar ella me llevará. 

La joven, guía experimentada de tan sólo veintidós años, su voz fue escuchada. 

Y pensar que fue hace tres años, el tan sólo recordar que eso pudo terminar en tragedia... Yo trabajaba en un campamento de verano. Aún era aprendiz de guía, así que me tocaba cuidar a los niños. Rara vez yo hacía las cosas divertidas. Mis labores eran que ellos se mantuvieran en el horario establecido. Por supuesto yo dormía en el campamento, al igual que la señora del aseo, el velador y la cocinera. Los guías iban de entrada por salida. 

El autobús llegó, eran quince niños. Los repartí en sus respectivas habitaciones, les indiqué que tenían que estar preparados en veinte minutos, ya que a esa hora la comida estaría lista. Ya saben cómo son cuando apenas los conoces, todos hacen lo que les ordenas, pero cuando ya se sienten enchanchados se vuelven salvajes. 

La mesa estaba servida, se sentaron uno por uno y el festín de ese día comenzó. Al terminar, ellos regresaron a sus habitaciones para concluir con la organización de sus cosas. Después nos tocaba nadar un rato en la alberca. Yo por mi parte ya sabía lo que jugarían en el agua: waterpolo, quemados y voleibol. 

Ya casi entrada la noche lo que continuaba en la agenda eran los juegos de mesa. Mientras ellos se daban una ducha yo dejaba todo en orden. Empezaron a divertirse, risas, pláticas, una bella convivencia. Hoy en día es algo difícil de ver porque siempre estamos conectados a las redes sociales. 

Ellos listos en pijamas, en sus respectivos cuartos. Yo pasaba a cada habitación para anunciar que las luces se iban a apagar. Sabía que no se dormían, eso es lo divertido de un campamento, las pláticas nocturnas de complicidad. Pero yo tenía que callarlos esa era mi labor, hacer que se durmieran temprano. Cuando por fin todos estaban dormidos, regresé a mi cuarto. Me acostaba un poco más tarde para planificar los eventos del día siguiente. 

Unos minutos después, Samuel tocó a mi puerta, estaba asustado, con los ojos llorosos. Me contó que había escuchado como rascaban en su ventana, tres veces. Él pudo percibir unas uñas largas y gruesas. Yo no le hice caso, la mayoría de chicos se asustan la primera noche. Regresé con él, lo acomodé es su respectiva cama, me quedé un rato y se durmió. Lo que si me desconcertó fueron unas huellas extrañas que habían secado el pasto. 

A la mañana siguiente en el desayuno a Samuel se le veía tranquilo, juguetón como cualquier chiquillo. Las actividades empezaron con broche de oro, porque les tocaba realizar su primer rafting. Emocionados, con todas las ganas del mundo se subieron al autobús. Aunque yo más que nadie deseaba ir, pero me tuve que quedar. Antes de partir Daniel se me acercó y me preguntó que si la señora del aseo usaba peluca. Yo le contesté que no sabía. Él me platicó que la había visto rascarse la cabeza y sin querer se le movió el pelo mientras lo hacía. Me comentó un poco temeroso que cuando ella se dio cuenta de que la estaba observando lo miró agresivamente, fijamente como una estatua. No le di respuesta porque el tiempo apremiaba, el guía experto le habló y se montó al camión. Pero un escalofrío llegó a mi espalda, la señora del aseo estaba ahí parada. No hice caso, continué con mis labores.

La luna salió. Ellos listos para dormir, apagué las luces, me fui. No pasaron ni diez minutos cuando Renata gritó. Me encaminé hacia las habitaciones sin ninguna prisa. Me detuve horrorizada, los niños estaban afuera abrazados, inmóviles como una pintura. 

Corrí, me acerqué, viré la cabeza, en la oscuridad del patio se posaban dos ojos rojos. Yo apenas a distinguí una silueta. No me esperé más, le hablé a mis compañeros, a sus familias y los saqué de ahí. 

Le avisé al cuidador, no estaba. Fui por la cocinera, no estaba, pero en el fuego hervía algo. Al acercarme a la olla había sangre y cabellos humanos. Corrí por la señora del aseo y en su pequeña alcoba, en el suelo, la piel de la señora, como una víbora, como un disfraz. Estoy segura que era la bruja. Es un recuerdo que me perseguirá por el resto de mis días.

Siempre he creído que las brujas son las más normales, las más rutinarias porque de esa manera jamás notarás su verdadera identidad. 

Las doce de la noche y cada uno regresó a casa, a celebrar el día de los muertos.

Fin.

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"El mayor enemigo de un escritor novel es la oscuridad. Recibir la luz, la atención de otros, su gran reto." - Beka