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foto kiki la aprendiz de bruja
"Cada uno tenemos que encontrar nuestra propia inspiración... y a veces no es nada fácil." - Kiki, la aprendiza de bruja (1989)
Rebeca Laureano Palma (Beka)
Todos los derechos reservados.
Cuernavaca, Morelos, México. 2020.

He vuelto

En la redes sociales se postea mensajes de cómo ayudar a que el calentamiento global sea menor, pero… ¿realmente nos comprometemos a qué eso suceda o sólo le damos like para quedar bien ante la sociedad?
Beka Laureano
Cuento para:
Adolescentes
Publicado:
25/2/19
Tiempo de lectura:
15 minutos

Escucha el cuento:

La ciudad de los jardines, el lugar más espectacular de la tierra. ¡No esperes más, visítalo! Miles de anuncios surgían en los hologramas de la gran metrópoli donde la población efervescente caminaba por sus calles sin parar.

—No te lo pierdas, es emocionante. Cuando fui por primera vez, no podía creer que hubiese un lugar en este planeta con tanta vegetación, me hizo pensar que todavía hay salvación para la tierra —decía una mujer de cabello rojizo, anfitriona del programa matutino. Su voz resonaba en las enormes pantallas de grafeno que estaban colocadas en esos edificios retorcidos. La gente la veía mientras viajaban en los automóviles que volaban en diferentes direcciones.

Para Mateo era difícil no prestarle atención, él tenía que ir, a eso se dedicaba, a encontrar lugares exóticos, lugares con vegetación. Su trabajo daba esperanza a la población y por eso tenía miles de seguidores que pagaban sus viajes. Al llegar a su microcasa, que estaba en una zona de clase media, se dispuso a preparar su partida, colocó lo necesario en una maleta y salió. El taxi autónomo arribó, tecleó la dirección en el tablero e inició la travesía.

Mateo creía en lo que hacía, consideraba que algún día tendría recompensas. Mostraba sus fabulosos viajes, casi imposibles de realizar para la mayoría de la población y compartía mensajes para ayudar al planeta, sin embargo, en el tiempo que llevaba haciendo esto, nunca logró ver ningún cambio, al contrario, la gente era más apática y ensimismada en sus problemas.

Al llegar a la zona de abordaje, dos adolescentes se le acercaron para saludarlo y tomarse una foto con él y se fueron contentos. Mientras Mateo los veía alejarse, uno de ellos tiró una colilla de cigarro en la calle, eso siempre lo sacaba de balance y hacía que sus pensamientos vibraran de una manera negativa. A veces quería abandonar las redes sociales, pero sabía que no podría vivir de una manera holgada sin ese trabajo; se sentía un hipócrita al aceptar dinero de esa clase de gente. Al fin abordó, puso sus cosas en el compartimiento de equipaje, se sentó, le pidió a la aeromoza una frazada y se durmió durante el viaje.  

Ya en la habitación en la que se hospedaba, después de colocar sus cosas, salió, ahí estaba parado en la Ciudad de los Jardines, un aroma fresco invadía su nariz, gozó de una vida que se había esfumado; su piel estaba húmeda. Ese arcoíris floral y los árboles le daban la bienvenida; se quitó los zapatos y sintió el pasto verde mojado, cerró los ojos. Todas las personas que llegaban hacían exactamente lo mismo, era un desfile ilimitado de sensaciones que la naturaleza les otorgaba. Él, aunque lo deseaba, no podía perder tiempo porque tenía una cita para conocer la historia de este hermoso lugar.

Mi nombre es Romualdo, soy el conserje de este edificio, mi oficina se encuentra en el sótano, es un lugar oscuro y frío. Mi trabajo es apretar estos botones para que los robots salgan a realizar la limpieza de las oficinas. Oficinas con largos pasillos de pisos aperlados. Llego a las seis de la mañana antes que todos, soy el único trabajador de mi área que sobrevivió al despido masivo.

Las personas llegan a las siete, vestidos de blanco, no porque sean doctores, sino porque el gobierno así lo decidió, según dicen es para la tranquilidad y la serenidad, así la gente tiene un rendimiento laboral más alto. Los doctores ya no existen, la tecnología los superó.

Mi horario es de seis de la mañana a once de la noche; siempre tengo que estar al pendiente de las cámaras, si se llega a derramar algo en una junta, tengo que enviar al robot. Este trabajo se volvió solitario, no tengo contacto humano, no puedo abandonar mi área laboral. Mi día de descanso es el domingo. Al llegar a casa, lo único que hago es dormir y así, todo vuelve a empezar.

Mateo escuchaba atento la historia de un señor de mediana edad que tenía una personalidad serena y apacible. Lo entrevistaba en una banca de piedra, bajo un frondoso árbol que los acariciaba con su sombra, misma que se extendía varios metros.

Me perdí en mi vida… de joven, bueno…, también eran otros tiempos, la gente se veía a los ojos. Al recordar esa época, escucho la voz de mi primera novia, la recuerdo frente a la playa, aún la siento, aún veo su rostro pecoso, su piel morena y su cabello castaño, siempre estaba sonriente; es como una imagen de película que nunca se va. Me encantaba pasar tiempo con ella.

Los colores de ese verano fueron maravillosos, eran tonos dorados que contrastaban con ese mar azul. Yo era un adolescente muy normal, iba a la escuela, tenía miles de aspiraciones y quería realizarlo todo. Hacía ejercicio, no tanto como hubiese querido, pero me mantenía sano. Tenía una gran familia, aún los escucho reír, los escucho conversar de cosas que al parecer no tienen gran valor, pero créeme, tienen un valor excepcional. Lo disfrutaba tanto, a esa edad no pensabas en tanto las cosas, sólo te dejabas llevar y disfrutabas el momento. Lo único que me preocupaba era la escuela.

El señor narraba en primera persona y Mateo empezó a creer que él era Romualdo.

Llegó el momento anhelado, pedirle a ella que fuera mi esposa. El trabajo iba bien, tenía todo bien planeado, ya había acabado de pagar mi carro y pedí el préstamo para una casa para que ella estuviese tranquila. Todo se dio a pedir de boca.Era de noche, el esplendor de las estrellas iluminaba nuestro camino, la tomé de la mano, caminábamos por esas calles empedradas, sentía que podía volar y era imparable con ella. La manera en que lucía, sonreía mostrándome simultáneamente esos ojos coquetos que abría y cerraba de manera suave, el cabello agarrado en una coleta sin verse rígido, más bien suave. Nos sentamos en una fuente iluminada, no podíamos dejar de mirarnos; el olor de su cuerpo era kryptonita para mí. Abrazados, hablábamos de todo y de nada a la vez, era un mundo mágico, era como flotar en el universo. Mi recuerdo es tan vivo, puedo escuchar su voz, puedo decir exactamente de lo que ella hablaba: “me imagino en un país diferente, trabajando para ayudar a los animales porque son mi pasión”. Después de platicar un buen rato sentados frente a la fuente, yo dudaba, dudaba si era el momento indicado para hacer la pregunta, pero no podía ni deseaba echarme para atrás, el destino decidió que era el momento preciso. El cielo me regaló una lluvia de meteoritos y lo decidí:

¿Te quieres casar conmigo?

Ella reaccionó, se tapó la boca, lloró unos segundos y después me dijo que sí. Y ahí estábamos, abrazándonos cual lava ardiente que baja de la montaña, volviéndonos uno…

Mateo tomó unas fotos para sus redes sociales, deseaba preguntar, pero el señor continuaba con su narración.

Nos casamos, la boda fue espontánea.Ella no era nada ostentosa, era sencilla pero elegante. Encontramos una montaña que daba a un risco, sin nada estructurado le hablamos a nuestros amigos y familiares más cercanos y llegaron; unos traían la bebida, otros alimentos y mi amigo ofició la ceremonia. Aun con el sol en todo su esplendor, la lluvia hizo su aparición, así, mojados observamos el espectáculo, un arcoíris nos decía que otra etapa de nuestra vida comenzaba…

Los pájaros cantaban, Mateo dibujaba en su mente todo lo que el hombre le contaba, lo veía tan claro como una película, incluso llegaba a sentir el aire de esa montaña.

Los años pasaron de una manera rápida. Las veía caminar, correr, me gustaba observarlas todo el tiempo, eran tan similares, tan hermosas. En el cumpleaños número cuatro de mi niña fue cuando sucedió el despido masivo de los empleados, desapareció mi área laboral.Yo me salvé por el hecho de que sabía programar de manera sencilla, era el más calificado para el puesto, y aunque lo había conservado, la reducción de salario fue bastante. Por otro lado, mi esposa perdió su trabajo y yo no podía darme el lujo de rechazar éste. A pesar de que todos mis compañeros se fueron a huelga, la empresa ganó y se quedaron sin jubilación. Yo recibí críticas, perdí amigos, pero tenía que mantener a mi familia.

La ciudad cada vez estaba peor, tiendas, locales abandonados, gente pidiendo dinero y buscando alimento. Yo me levantaba día a día, realizaba el mismo trabajo para que a ellas no les faltara la comida y cubría las necesidades básicas…

Mateo no podía imaginar La Ciudad de los Jardines de esa manera. Y no podía dejar de preguntarse cómo se había transformado.

Me arrepentí de no salir de esta ciudad cuando tuve tiempo, cuando tenía el dinero. Siempre pensaba que todo mejoraría. Pasó un presidente, otro y otro…  pero la situación sólo empeoró. Me encantaba ser optimista, pero eso se pierde cuando el alimento escasea, cuando la situación era cada vez peor y como todo era peor, el crimen subió y así las perdí.

Una noche llegué a casa y ellas no estaban. No me esperé, salí a buscarlas, era muy extraño que no estuvieran porque mi hora de llegada era a las 12:30 de la noche. Caminé por la zona y nada, denuncié su desaparición y nada. Pasó una semana, dos, tres, un mes y no sabía nada de ellas. Mi corazón estaba fracturado, roto, ¡cómo fui tan estúpido!, ¡cómo no las saqué de esta ciudad! Muchos de mis amigos emigraron a otro país, no sé por qué no lo hice. Las busqué… ¡cómo las busqué! Algunos testigos mencionaron que las secuestraron en un carro negro, otros que las vieron aquí y allá, pero nada concreto, nada que pudiese ayudarme a rescatarlas. Mi corazón dolía, dolía inmensamente, no tenía ganas de ir al trabajo, ¡deseaba la muerte!,la muerte era un sueño perfecto, un lugar sin dolor, la nada, pero no tuve el valor. Era un zombi que sólo sobrevivía el día a día…

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El sufrimiento que tuvo aquel señor, Mateo lo podía visualizar, le dolía, le corrompía las entrañas, la empatía surgió.

… Todos los días me levantaba, tomaba el mismo licuado, lo absorbía, sin pensar en el sabor, sin percibir el olor. La casa se volvió turbia y gris. Las añoraba, las soñaba todo el tiempo, las veía de vez en vez caminar en la casa. Adelgacé, mis ojos perdieron el brillo, al igual que mi cuerpo. Salía en dirección al trabajo, en la hora y media del trayecto veía la ciudad, deseaba no pensar en nada, pero siempre veía a mi niña y a mi mujer sentadas en el autobús o caminando en cualquiera de las calles, a veces me saludaban. Me estoy volviendo loco, pensaba.  

Al llegar al trabajo, me esperaba ese edificio gris. Entraba por la puerta automatizada, no veía a nadie, siempre estaba sólo, bueno… ellas estaban ahí conmigo todo el tiempo, pero no siempre estaban felices y esos días eran los peores. No todas las visiones de ellas eran buenas como cuando entré al baño, sentado en el escusado, escuché un chillido, no podía ser nadie más que mi mente aclamándolas. Ese chillido se volvió un sollozo, ese sollozo se volvió un llanto sepulcral. Mi piel se estremecía, no quería salir porque sabía lo que mi mente me iba a enseñar, pero no podía quedarme ahí para siempre. El llanto seguía, abrí la puerta del baño, las manchas de sangre estaban por doquier, ellas bañadas en ese rojo carmesí, culpándome, señalándome, ¡claro que fue mi culpa!, las amaba y no las protegí...

Mateo no podía contener la angustia que albergaba su corazón, se agarraba la cabeza, transpiraba, era como si pudiese percibir todo. Quería que se detuviera, pero también continuaba fotografiando todo a detalle.

… Y pasaban las horas, los días, las noches, los veranos, las lluvias, la nieve y los años. Me volví viejo y llegó otro momento oscuro de mi vida, mi jubilación. Nadie sabía de mi existencia, no hubo despedida, sólo el silencio de mi oficina que me decía adiós. Era extraño sentir una conexión con aquellos robots, estaba tan apegado a ellos, a esos limpiadores con los cuales mantenía comunicación, mi única comunicación. Ese día sólo tomé mi pequeña caja de plástico, agarré mis cosas y me fui, pero me robé a P3, mi robot predilecto. Era lo menos que podían darme después de tantos años de trabajo. Llegando a casa lo coloqué en la mesa, me senté frente a él y lo acaricié como si fuera un animal, aunque no funcionaba fuera del trabajo. Pasé semana tras semana viendo la televisión, la casa era un desorden total, platos, vasos, comida por todos lados; me dejaba morir, no me bañaba, y así, un día vi algo en la televisión que cambió mi vida…

Romualdo se levantó y llevó a Mateo a un jardín secreto. Abrió una puerta que estaba enramada, en el centro de ese pequeño jardín se encontraba una fuente decorada con los colores del arcoíris, de esta manera el agua parecía coloreada.

Fue el destino, porque ahora sé que existe uno. El programa de televisión se llamaba Jardines que elevan tu alma. Me quedé observando la explicación, era sencilla. Al crear un jardín te enfocas en tu presente. No era nada que no hubiese escuchado anteriormente, pero algo dentro de mí me decía que iniciara este proyecto. No estuve completamente seguro hasta que en un sueño, mi esposa y mi hija aparecieron sonrientes, sentadas en el pasto rodeadas de flores hermosas. De una u otra manera pensé que al crear esto las vería nuevamente y empecé.

Atrás de mi casa tenía un pequeño patio que ocupaba de basurero, había de todo. Limpié, tiré cosas que conservaba desde la secundaria y cosas que mi esposa guardaba. Creo que eso fue lo más difícil, tirar aquellos objetos que les pertenecían a ellas. Te preguntarás qué me motivaba a cambiar, mientras el proyecto avanzaba, yo soñaba que ellas siempre estaban alegres, y lo mejor es que las malas visiones se detuvieron, por ese motivo seguí trabajando.

Fui a la tienda, compré las flores más bellas, entendí todo acerca de ellas. Aprendía a la par que arreglaba mi pequeño jardín, pero no fue tan sencillo, ya que los costos de las plantas eran elevados y era de esperarse, los jardines eran para la gente de clase social alta, la gente como yo no conocía la dicha de andar descalzo en el pasto u oler una flor. Nosotros no teníamos ese privilegio. Mi dinero se fue acabando poco a poco, pero yo continuaba, los sueños eran cada vez más perfectos.

Sueños que agradezco con el alma, en uno de ellos estaba con mi esposa en una habitación donde el sol entraba por las ventanas, ese cálido viento de verano nos envolvía por completo. Mi hija parada frente al espejo con su vestido de novia. Era extraño que la soñara de esa manera porque mi niña murió pequeña, pero era la novia perfecta y se parecía a su madre, su sonrisa enmarcaba ese gran día. Caminamos hacia el altar, ella me tomaba tan fuerte del brazo, yo no deseaba soltarla porque era mi pequeña. Mi esposa como el primer día que la conocí, sólo un baño sutil de madurez, la hacía verse más atractiva. El sueño terminó, me levanté extasiado, agradecido, caminé, me paré junto a la ventana, le agradecí al jardín por ese dulce momento que me regalaba. La luna estaba en todo su esplendor y la vi caminar, apenas distinguí su vestido verde, camuflaje sublime, salí, pero se había ido. Me preguntaba ¿qué hacía una mujer a esa hora en mi jardín? No lo supe hasta un mes después…

El viento frío, Mateo se colocó la chamarra, su corazón ansiaba el final de la historia. Deseaba que Romualdo tuviera un final feliz, aunque sabía que eso no sucedería, la realidad siempre era diferente.

… El dinero por fin se agotó, preocupado, no sabía cómo iba a poder mantener ese lugar. No quería perder su belleza, ¡no quería perderlas! Me senté en la banca que construí, le rogué al jardín que no se fuera, que no me dejara solo, lloraba de angustia, no quería que esos sueños se esfumaran. Miles de lágrimas caían en el pasto. No podía parar, seguía, sufría y de repente, el viento arreció, las plantas se movían sin parar, las hojas se elevaron en espiral y ella apareció. Una mujer de piel canela, pelo negro chino, ojos verdes, inmaculada belleza con un vestido verde. Sus labios rosas se movían, susurraban palabras que no entendía, que apenas percibía. Me acerqué a ella, me hinqué ante su presencia, mi mente le pidió el deseo. Ella era algo más que una mujer, para mí era una diosa. Me dijo que era la ninfa delos jardines, la guardiana de la naturaleza. Y morí, morí por ellas, morí porque era la única manera de conservar el jardín, porque mi sacrificio y mi historia inspiraría a más gente. Acepté la muerte y ella me regaló a mi esposa e hija que me esperaban frente a la fuente, las abracé como jamás y como siempre, las tenía frente a mí. Mi deseo de verlas otra vez y quedarme en este jardín con ellas por siempre fue una realidad.

La ninfa sopló fuertemente, el viento traía consigo el susurró de la historia que atravesó toda la ciudad y los oídos de las personas. La gente muda, atónita, sorprendida e inspirada fue en busca de una planta, de una semilla para cultivar sus pequeños patios. Y aquellos que no tenían lugar, destruían el cemento de las avenidas para sembrar, para crear un jardín hermoso, para crear La Ciudad de los Jardines y desde entonces, la ninfa los protegió, celebrando el nacimiento de una nueva era.

Mateo no podía creer lo que escuchaba, pero las ganas de ayudar lo invadían por completo. El señor se reveló como la ninfa. Mateo transmitió la historia y la ola creció y así la ninfa de los jardines resurgió.

Fin.

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"El mayor enemigo de un escritor novel es la oscuridad. Recibir la luz, la atención de otros, su gran reto." - Beka