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foto kiki la aprendiz de bruja
"Cada uno tenemos que encontrar nuestra propia inspiración... y a veces no es nada fácil." - Kiki, la aprendiza de bruja (1989)
Rebeca Laureano Palma (Beka)
Todos los derechos reservados.
Cuernavaca, Morelos, México. 2021.

La última esperanza

La investigación fue exhaustiva, se unieron científicos de diferentes países para apoyar este momento y esperemos, por el bien de todos, que funcione.
Beka Laureano
Cuento para:
Adolescentes
Publicado:
21/12/20
Tiempo de lectura:
6 minutos

Escucha el cuento:

Esta vez se nos ocurrió hacer galletas navideñas para decorar el árbol de Navidad; las horneamos y pintamos, hicimos arbolitos, muñecos de nieve, bastones y quedaron impresionantes. Las colgamos en nuestro árbol artificial que tenemos desde hace algunos años, bueno, muchos años.

Este árbol lo encontramos por casualidad mi hermana y yo, íbamos por la calle y ahí estaba abandonado y en perfectas condiciones; lo trajimos a la casa y cuando mi tía lo vio, empezó a llorar, le recordó sus épocas doradas, así las denomina ella. Siempre nos platica que antes, en estos días, la gente se reunía para tener una cena agradable, lo que más me estremece de sus historias, es la cantidad de comida que dice que había en aquellas cenas dignas de dioses, o por lo menos es lo que ella recuerda, a sus 98 años suele perder el sentido del tiempo. No obstante, aquí estamos decorando como se hacía en esos tiempos; la familia se va a reunir, ya quedamos pocos, pero aún conservamos esa cercanía, o por lo menos eso nos inculcaron los mayores.

El olor empieza a desprenderse por doquier, es un olor nuevo para mí, pero para mi tía es conocido, es el olor navideño. Ahora empiezo a entender por qué era tan importante esta celebración, concibo el concepto: la casa se vuelve calientita con la estufa encendida, la gente se sienta en la sala, los adornos y esas luces hacen que se perciba un calor indescriptible.

Tocan la puerta, es mi tío y su compañera, su esposa falleció años atrás, pero se reencontró con una novia de la prepa y se juntaron para pasar los últimos años de su vida. Después, entran mi hermano, su esposa y sus dos niños, pienso que son los que están más tristes y cómo no, tienen dos pequeños que no disfrutarán como lo hicimos nosotros. Mi mamá está en la cocina, extraña a mi papá, aunque no me lo diga lo veo en sus ojos, se nos adelantó en el camino, al igual que otros integrantes de la familia. Como dije, no somos muchos, pero tratamos de disfrutar esta noche.

Mientras estamos en la sala platicando de tiempos mejores, me acerco a la mesa que ha quedado digna de reyes. El mantel rojo que hizo mi mamá y que se esmeró en dejarlo perfecto, aunque ella diga lo contrario, a mis ojos luce excepcional; la vajilla blanca, con sutiles orillas plateadas, fue un regalo de mi abuela. Salgo al patio porque deseo ver las luces que colocamos mi hermana y yo, nos quedaron un poco burdas, en el día se ven los cables por todos lados, pero en la noche lucen impresionantes. En las películas los cables jamás se veían, me imagino que tenían una instalación eléctrica para que no se notaran. Conseguir las luces fue toda una odisea, pero lo hicimos.

La casa no se ve como antes, ya está vieja, el paso del tiempo se ha ensañado con ella, la pintura está desgastada al igual que las paredes, el cemento se desprendió en algunas partes, pero ha resistido como toda una fortaleza protegiéndonos del clima que ahora se ha vuelto demasiado impredecible. La casa tiene dos ventanas al frente que ya no se pueden abrir y el silicón de las orillas se ha caído y por ahí se filtra el aire y la tierra. La puerta principal no cierra, la atoramos con una piedra y en la noche la amarramos por dentro para protegernos de los robos, aunque recientemente han bajado un 90 por ciento y podría decir, casi el cien. Por fin la gente ha cambiado.

Desde afuera veo a mis familiares platicar, me parece una imagen sacada de una película, todos están contentos, aunque falta la nieve que nunca pude conocer. Mi hermana me hace una seña y vuelvo a entrar, no sin antes darle las gracias a la casa.

En la plática mi tía, en su momento de lucidez, recuerda los días en que la gente iba a comprar regalos para los familiares, en las tiendas se elegía un obsequio para el ser querido, comenta que lo más importante era pensar en esa persona y encontrar algo perfecto, porque lo primordial era el dar. Mi tía era contadora y trabajaba en uno de los mejores bancos a nivel mundial, así que dinero no le faltaba, siempre tuvo lo que deseó, vivió la dicha del mundo antiguo, algo de lo que nosotros carecimos, de hecho, creo que nos tocó muy poco de esa época.

Mi hermano siempre se ve triste, pero al escuchar a mi tía se anima y la interrumpe diciendo que se acuerda de los olores de la dulcería de la tienda departamental, para él, eso era la navidad: el olor a chocolate, a nueces acarameladas, a bombones, a galletas, y aunque le compraban varias cosas, jamás se las terminaba porque se hastiaba de tanto dulce. Le salta a la memoria que el abuelo siempre olía a café y más en esas fechas que lo consumía todo el tiempo. Mi mamá entra en la conversación y comenta que le agradaba el encendido del árbol, cada año iba con el abuelo y se quedaban admirándolo, pidiendo para que toda su familia tuviera una buena vida.          

De pronto se quedaron callados, serios, porque todo aquello se convirtió en cenizas. Por mi parte, jamás tuve ese privilegio, jamás pude ver un futuro hermoso porque crecí en el caos y esto que estamos haciendo hoy, es lo más bonito que me ha sucedido.

Mi hermana me hace una seña: ¡la comida está lista! Si supieran cuánto nos tardamos en recolectar todo, cuánto nos costó sembrar y que se dieran los frutos; conseguir el alimento fue toda una odisea, pero aquí está. Llevo la ensalada a la mesa, mi hermana el pastel de manzana y mi mamá lleva el plato principal: el pavo, ¡llevamos años sin probar carne!

Todos sentados, vestidos con la mejor ropa o la menos desgastada, ahora ya no tenemos el lujo de comprar nueva, sin embargo, los veo sonreír y a mi hermano también. Sus niños están tan contentos que se frotan sus manos para comer, agarran los cubiertos con tanta ternura que me dan ganas de abrazarlos. Mi hermano parte el pavo, todos encantados disfrutamos del aroma y nuestras papilas gustativas lo saborean antes de que llegue a nuestro plato, esos platos van dando vuelta en la mesa hasta que todos tenemos uno. Reímos como niños pequeños y disfrutamos del primer bocado y comemos despacito, deseando que no se termine nunca.

Después de un tiempo, la comida se termina, no sobra nada, me levanto para llevar mi plato a la cocina y le paso el dedo por encima, lo chupo degustando las sobras, deseando un poco más, aunque mi estómago dice que ya no puede. Dejo el plato en el lavabo.

Nos levantamos de la mesa y todos vamos a la sala, menos los pequeños, mi hermano los manda a jugar al cuarto porque la diversión ha terminado. Prendo la radio que es lo único que funciona en estos días y las noticias comienzan.

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“Estamos reunidos a través de este medio para narrarles algo insólito, algo que jamás pensamos afrontar como humanidad, es la última esperanza que tenemos para salvar la Tierra. La investigación fue exhaustiva, se unieron científicos de diferentes países para apoyar este momento y esperemos, por el bien de todos, que funcione.”

Mi familia se toma de las manos y yo no soy la excepción, juntos escuchamos cómo el locutor deja que la torre de control empiece la narración.

 

“5 minutos, 52 segundos y contando, seguimos a tiempo para el despegue pautado, se ha completado la verificación de estatus de la nave, todo reporta que está lista para la misión. La prueba supervisora ahora está en progreso. El gerente de operaciones, Jian Luo, da su aprobación; el director de lanzamiento Rocco Salvatore, también.

“5 minutos, 20 segundos en la cuenta. En breve, el brazo oscilante volverá a la posición de inicio, lo cual ocurrirá a la marca de los 5 minutos, mientras, la telemetría del último satélite no muestra ninguna novedad, el reporte de los astronautas dice que está listo. Ahora se retrae el brazo oscilante a su posición original mientras prosigue el conteo. Faltan 4 minutos, 50 segundos y contando. Se les reporta a los astronautas que el brazo oscilante retornó a su posición, a los 45 segundos antes del despegue se tendrá el estatus de alineación del sistema de control. A la marca de 4 minutos y 30 segundos, todo luce bien; 4 minutos, 15 segundos, el supervisor de pruebas informa que el vehículo está listo para despegar. Desde este momento, el director Rocco Salvatore, manejará la cuenta regresiva mientras se prepara el vehículo. Llegamos a la marca de 4 minutos y contando, seguimos adelante con Amanaki 1.

“3 minutos, 45 segundos y contando, se hacen las verificaciones finales a cargo de los técnicos y los astronautas. El director Rocco Salvatore le desea a la tripulación `buena suerte y que Dios los guarde’. Estamos en secuencia automática, las computadoras verificarán cientos de eventos en los próximos minutos. El vehículo iniciará la presurización en sus tanques. 2 minutos, 10 segundos y contando, el objetivo es destruir los desechos espaciales que se han convertido en nuestra tumba. 1 minuto, 54 segundos y contando, nuestra data muestra que los tanques oxidantes de las etapas 2 y 3 han sido presurizados, se completó la transferencia de energía. 35 minutos y contando, los astronautas reportan que todo está bien, faltan 15 segundos, 12, 11, 10, 9, comienza la secuencia de disparo, 6, 5, 4, 3, 2, 1, 0, todos los motores en marcha, ¡tenemos un despegue perfecto!”.

Yo me quedé escuchando la transmisión, después de unas horas la nave llegó al espacio exterior y desde ahí los astronautas reportaron que había millones de desperdicios espaciales flotando. El locutor hizo un recuento de lo sucedido:

“Llenamos nuestra órbita terrestre con basura, innumerables partes de satélites colisionaron año tras año y no hicimos nada, ahora, todos estos restos orbitan de forma descontrolada. Los expertos calculan que se trata demás de 1 500 000 piezas de chatarra, la mayoría de un centímetro, pero causaron un efecto negativo en los satélites y en las estaciones espaciales porque las destruyen. Las misiones anteriores de robots, redes, cuerdas electromagnéticas y láser, resultaron fallidas. La última esperanza es este recolector espacial, este artefacto que supuestamente recogerá la basura, pero para ello se necesitará realizar varios viajes, sin embargo, sólo alcanza para costear una ida y vuelta.”

De pronto, el locutor guardó silencio cuando escuchó que los astronautas comunicaban que algo grave estaba sucediendo: la cantidad de basura que transitaba era más grande de lo que habían calculado y empezaron a tener dificultades, hasta que lentamente la nave se descompuso, dejó de funcionar y se interrumpió la comunicación. Los astronautas quedaron varados en el espacio sin la certeza de poder ser rescatados y regresar. Yo me quedé escuchando hasta que el locutor sentenció: “La Tierra se ha convertido en nuestra tumba.”

Me levanto, me detengo junto a la ventana, miro al cielo y pienso: “he vivido mi última Navidad”.

Fin.

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