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foto kiki la aprendiz de bruja
"Cada uno tenemos que encontrar nuestra propia inspiración... y a veces no es nada fácil." - Kiki, la aprendiza de bruja (1989)
Rebeca Laureano Palma (Beka)
Todos los derechos reservados.
Cuernavaca, Morelos, México. 2021.

Sigilo

Sentada en mi oficina me reclinó en mi silla, la hago rechinar tres veces antes de abrir el folder. Me siento derecha, me armo de valor y finalmente lo abro. Las primeras fotos; el primer suicidio, una joven de sólo 20 años.
Beka Laureano
Cuento para:
Adultos
Publicado:
28/10/21
Tiempo de lectura:
6 minutos

Escucha el cuento:

Me detengo en seco, el tráfico de la ciudad es fatal, me desespera esta maldita gente, siempre he querido vivir en un poblado pequeño, pero no lo he podido hacer por mi trabajo, aunque elegí está carrera justo por eso, porque según me daba la oportunidad de salir de aquí.

    —¡Hola, buenos días!, con este frío y con este clima se me antoja un café... ¿Kira?

   Susana sacude su paraguas y termina por subirse a mi carro, se abrocha el cinturón y se frota sus manos. Siempre paso por ella, vivimos en el mismo vecindario y ella no tiene auto.  

     —Perdón, ando distraída.

    —Otra vez lo mismo, ¿verdad?, ya mandaste tu carta, lo que te queda es esperar —dice Susana.

     —Lo sé, pero me desespera que no puedan agilizar el trámite, ya pasó un año y medio, ¡es mucho tiempo!

    —Entiendo que no te guste esta ciudad, pero tampoco es horrible, puedes salir de noche y hay museos, lo que te falta es ver el lado positivo.

—Ya me cansé de ver el lado positivo, quiero irme de aquí, a ti no te han tocado las cosas que yo he visto.

Sé lo que piensa, que yo elegí ser policía y no es nada agradable, la verdad vi oportunidad en este sector, hay buena paga y buenos bonos. Cuando ingresé la corrupción había bajado enormemente, la tecnología ayudó porque crearon a unos robots que hacían el trabajo peligroso, de hecho, en un principio todo fue de maravilla, la gente se sentía segura, nos dejamos de enfrentar a las situaciones más agresivas. Por eso me quedé más tiempo en esta ciudad, aunque no me gustaba, tampoco me molestaba, pero todo cambió tan rápido, como una vela que se derrite, que se consume.

—Llegamos.

Yo sólo asiento con la cabeza, creo que mi amiga se siente tranquila de haber llegado porque ya no escuchará mis quejas y, de cierta manera, yo también me siento liberada, no deseaba platicar más. Cada vez que recuerdo por qué me quiero ir, mi cuerpo se contrae, mi estómago se revuelve y me dan ganas de vomitar. Susana entra inmediatamente y se va a su lugar sin decir ni una sola palabra, yo hago lo mismo.

Me siento en mi silla y veo un folder, eso quiere decir que me han asignado un caso, desde mi cubículo puedo ver a los robots descompuestos e inservibles, que ahora están en los aparadores como si fueran decoración de tienda de ropa. Lo que no comprendo es por qué los tenemos aquí si ya no funcionan. Hace tiempo el sistema falló y ya no hay manera de recuperarlo, eso quiere decir que a los robots tampoco. Ese día fue muy extraño, los robots estaban haciendo su trabajo cuando de pronto, de la nada, el primero falló, disparaba no sólo a los ladrones, sino a la gente que se encontraba en los alrededores, resultando miles de muertos. El ingeniero decidió apagar el sistema y desde ese instante ya no lo pudo recuperar y ahora él se encuentra en la cárcel.

Abro el expediente y mis temores más profundos están ahí. El caso que me asignaron lleva tiempo sin resolverse, es sumamente confidencial y no entiendo por qué me lo dieron a mí. No tengo rango alto, no soy la más experta ni la mejor policía, por eso pedí mi cambio donde lo único que tenga que hacer es dar la vuelta para verificar que todo esté en orden. Como si fuera poco, mientras reviso el archivo, los truenos comienzan y la lluvia se intensifica haciendo esta escena una película de terror.  Se asoma detrás de mi escritorio el secretario de mi jefe.

—Te quiere ver.

Es tiempo de imponerme, pienso esto todo el tiempo cada que el jefe me llama, pero esta vez lo haré, porque no deseo estar en este caso.

—Toma asiento —seriamente me dice.  

Para mí, Pérez siempre ha sido un tipo inexpresivo, frío y controlador. Es obvio que esté en este trabajo, él ha visto cosas que los demás sólo pueden imaginar; estuvo cuando los niveles dela corrupción eran tan altos, que parecía que el país no tendría salida, pero la tuvo, por eso le choca que nos quejemos, porque, aunque hoy no estamos bien, estamos mejor que en aquellos momentos. Con su ojo mecánico, y al lado de la silla su bastón que lo ayuda a caminar, me observa fijamente, y aunque no me cae bien le tengo cierta admiración, pero tampoco deseo terminar como él, no es mi objetivo.

—¿Revisaste el folder?

—Le di un vistazo, pero conozco lo que ha sucedido.

—Pues, felicidades, estás en el caso.

Mi cuerpo empieza a sudar, trago saliva y me armo de valor.

—No deseo trabajar en esto —mi voz temblorosa me delata.

Su mirada fija me angustia, aunque a veces deseo renunciar, es lo único que sé hacer y lo necesito para poder comer y pagar la renta. Me encantaría tener una familia, siempre he estado sola, mis papás murieron cuando tenía apenas cuatro años, me quedé con mi abuela y aunque intentó todo para hacerme sentir bien, no lo logró porque era una alcohólica, falleció cuando yo tenía 18 años. Me quedé en su casa, he intentado irme en varias ocasiones, pero siempre fallo.

—No tienes otra opción, si haces esto, te aseguro que será tu boleto de salida.

Me enfurezco, pero permanezco con calma, tanto tiempo pidiendo el cambio y ahora tan fácil es, nunca le caí bien y estoy completamente segura de que aún tiene mi hoja en algún lugar de su oficina y no la ha enviado. Me trago el coraje y acepto.

—Con una condición, de que hagamos un oficio firmado con todas las especificaciones.

—No te preocupes por eso, tienes mi palabra.

—No es suficiente.

Apenas esboza una sonrisa y asiente con la cabeza.

—Lo tendrás mañana en tu oficina.

No me queda más que empezar a revisar todo. Tengo un mal presentimiento, el caso ha sido tan sonado, lo he visto tantas veces en las noticias que es imposible no saber qué ha pasado.

—¿Qué pasó con Emanuel? —le pregunto, aunque creo saber la respuesta, pero quiero que él lo confirme.

—El caso fue demasiado para él.

Aunque no me dice nada más, sé que está mintiendo, ya han pasado tres policías y no han podido resolverlo, extrañamente tampoco los hemos vuelto a ver. Algo de este trabajo me huele a podrido.

Sentada en mi oficina me reclinó en mi silla, la hago rechinar tres veces antes de abrir el folder. Me siento derecha, me armo de valor y finalmente lo abro. Las primeras fotos; el primer suicidio, una joven de sólo 20 años, una persona que parecía normal; su nombre Sandra. Iba en el segundo año de la carrera de medicina, ni sus padres ni sus amigos pueden explicar lo que sucedió. Ella no mostraba signos de depresión, era número uno en clases y sumamente extrovertida. Sin embargo, un día después de salir de la escuela pagó su boleto del metro y estando cerca el tren, se aventó a las vías mientras la máquina silbaba con fuerza para que no lo hiciera. Al principio creyeron que su novio la había acompañado, que era el culpable, pero los testigos lo desmintieron. Mencionaron que ella se veía normal, solo saltó y eso fue todo. Sin embargo, hubo un testigo, el único que mencionó algo extraño, dijo que lo volteó a ver y su rostro no parecía ser ella, pero la policía no lo tomó en cuenta porque era un indigente sumamente drogado. Revisé una a una las fotografías del cuerpo desmembrado y hasta ese momento no vi nada inusual.

La siguiente muerte fue de un niño de 10 años que jugaba en el bosque. La madre declaró que había ocasiones en que lo dejaba jugar para que aprendiera a andar solo; habían llegado ahí hacía un par de meses y deseaba que conociera el entorno ya que era una enorme casa con un terreno inmenso que daba al bosque. Ese día lo dejó salir sin supervisión, ella declaró que fueron 15 minutos y empezó a sentir que algo no estaba bien, fue en su búsqueda y lo encontró al lado de la cloaca, se había clavado dos palos de madera en los ojos y estaba congelado, algo extraño porque en este país nunca ha nevado.

El tercero, un señor de 80 años. Estaba en su casa, recientemente había perdido a su mujer, la gente lo dejó de ver por semanas y pensaron que estaba deprimido. Una de sus vecinas tocó la puerta para cerciorarse de que estuviera bien, como no le abrió, pensó que había salido. La hija de la misma vecina pasó a verlo unos días después, escuchó el televisor prendido, tocó varias veces, pero nadie respondió. Después de unas semanas de no saber de él, el olor empezó a sucumbir en el entorno, algo extraño, ya que, por el calor y el clima húmedo, el cuerpo hubiera entrado en descomposición en sólo unos cuantos días. Cuando la policía arribó, encontraron un espectáculo terrible, el señor se había golpeado a sí mismo con tal fuerza que hundió su propio cráneo y hasta la fecha los doctores piensan que eso no era posible.

A los tres casos los une una marca tatuada en el dedo índice de la mano izquierda, en el inicio de la falange proximal tenían cuatro líneas, dos estaban en cruz y las otras dos por encima formando un triangulo, de hecho, los detectives no se dieron cuenta de esto hasta que los revisaron escrupulosamente, en ese momento dictaron que era obra de un asesino serial. Pero no hubo más muertes en un año… hasta el día de hoy en la mañana.

Lo más extraño de este caso es que la mayoría de los que fueron testigos o tuvieron contacto con las víctimas se encuentran en hospitales psiquiátricos o con psicólogos.

—¡No lo harás!

—Sí lo haré.

—Kira ese caso es…

—Sé lo que es.

—¡No me gusta para nada!

—No te preocupes por mí.

 

Todos conocen este caso, hasta Susana, aunque no le gusta ver ese tipo de noticias. Vive en su pequeña burbuja, es secretaria y sólo hace cosas simples; entró a trabajar aquí porque fue lo único que pudo encontrar después de graduarse.

—Me darán una hoja firmada para…

—Te darán tu cambio.  

—Susana, tú sabes que nunca me hubieran dado lo que pedía, ¡ésta es mi única oportunidad!

Me ve con ojos tristes, pero sabe que es verdad, que es la única manera que salga de aquí. Lo habíamos platicado e imaginamos que me hubieran dado el cambio si mi jefe se hubiera muerto en el accidente que tuvo hace dos años, aunque lo decíamos en broma, al final sí pensábamos eso.

—Si estás decidida, sabes que cuentas conmigo, pero no me platiques nada de lo que vayas descubriendo.

—Sabes que no lo puedo hacer.

Susana da la media vuelta y se va a su escritorio y aún puedo sentir que me mira con preocupación. Regreso a lo que estaba, reviso las fotos lentamente y la tarde cae suave, los colores se van desapareciendo dejando entrar la noche, sin embargo, el ruido de los carros no deja de escucharse.

—Hola.

—Hola.

Es el compañero que me han asignado, ha estado en el caso mucho más tiempo, es uno de los mejores detectives, tiene varias medallas, pero aún así no ha podido dar con el clavo.

—Salimos en tres minutos.

Me habla con ese aire de superioridad como si fuera más que yo, aunque sé que lo es, pero no me agrada su tono. Me trago las ganas de decirle lo que pienso, tomo mi chaleco, meto mi pistola USP Expert34 en el cinturón policial y mientras camino, termino de colocarme el chaleco antibalas.

—¡Te estoy esperando! —dice Raúl molesto.

Me tengo que regresar por mi chamarra e impermeable, parezco principiante.

—¡Lista!

Tuerce lo ojos, pero no digo ni una sola palabra y avanzo hacia la puerta. Volteo a ver los robots, me da coraje que estén allá y yo haciendo su chamba.

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Son las 7 de la noche, la lluvia no ha cesado y es obvio porque es la temporada. Miro una casa desde el parabrisas, se ve borrosa, apenas si la vislumbro. Lo que sí sé es que es uno de los mejores vecindarios de la ciudad, en este lugar nunca pasa nada o más bien dicho, nunca pasaba nada.

—Llegamos.

Bajo del carro y suspiro, lo que veré no será nada grato. Los policías aún no mueven el cuerpo y han dejado todo en su lugar esperando obtener una respuesta. Al entrar, percibo un olor putrefacto, las moscas decoran el lugar, los platos de la cena todavía están sobre la mesa con comida que aún no se echa a perder. La lluvia afuera cae a chorros, los truenos comienzan y lo que faltaba, se va la luz. Prendo la lámpara de mi celular y camino hacia la cocina tratando de encontrar alguna pista, algo que se les haya olvidado, los trastes que ocuparon para hacer la cena están limpios, todo ordenado, sólo algunas especias están fuera de la alacena. Esta casa parece sacada de una revista de arquitectura moderna, pero este tipo de decoración siempre se me ha hecho frío y sin chiste, la mayoría de las cosas son de color blanco, lo que me recuerda una sala de emergencias. Y entre todo ese blanco, en la sala estaba el cuerpo con las piernas abiertas y los brazos extendidos, bañado en sangre como si hubiera explotado.

Todo lo que veo en la escena está mal, el cuerpo tiene un estado de putrefacción avanzado y en este estado la actividad de insectos es reducida, pero aquí había insectos y la sangre está fresca. Me acerco y ahí esta la marca en el índice de la mano izquierda.

Raúl me observa de cerca, espera mis reacciones, pero en esta escena no hay una explicación lógica.

—¿Qué piensas?

—Que lo que veo no es coherente.

—Dime otra cosa que no sepa.

Me quedo callada, sintiendo presión de su parte.

—Se desprendió con sus dedos la piel de su cuerpo.

—Sí.

—La marca está en su dedo índice como en todos los otros cuerpos.

Estoy repitiendo lo que ya sabe, así que no me hace caso y se aleja. Se queda revisando una y otra vez la escena y creo que tampoco ha encontrado nada. Me acerco a uno de mis compañeros para averiguar lo que sabe.

—Te acabo de enviar el informe que hice de todas las personas con las que platiqué —me dice con tono frío y sin siquiera mirarme.

El tiempo pasa rápido, los forenses recogen el cuerpo, pero todo lo demás queda intacto.

Entro a mi casa y sé que aún mi día no ha terminado, al contrario, apenas comienza. Mi pequeño departamento no es ni la mitad de la cocina de aquella familia, sólo tengo una cocineta, una mesa cuadrada pequeña, a lado, una cama que se sube y se baja para ahorrar espacio y, por supuesto, un baño demasiado pequeño. Tomo mi computadora y comienzo a revisar lo que me han mandado, veo el reloj, son las 12 am, y sé que será una noche muy larga. Me sirvo una taza de café y abro mi laptop.

 

Reporte 1:

La familia está compuesta por dos hijos: Roberto de 23 años, Ricardo de 19 años y Sofía, la mamá, de 45 años.

Sofía declara: Era como cualquier día normal, mi esposo llegó a cenar alrededor de las siete de la noche, por lo regular cenamos separados, pero este día era especial ya que mi hijo sacó buenas calificaciones y queríamos sorprenderlo con una de sus cenas predilectas. Cuando llegó mi esposo lo vi un poco extraño, como ausente, le pregunté si todo estaba en orden y me dijo que sí. Ya en la cena se comportó de manera normal, empezamos a platicar del día a día y de pronto se paró, pensé que iba al baño… pero no fue así.

Ricardo declara: mientras platicábamos, mi mamá sonreía por mis calificaciones y en ese momento le pedí lo que más deseaba, que era una consola nueva para jugar, no escuché ningún sonido, pero mi papá no volvía y habían pasado unos minutos, la verdad no sé cuántos exactamente, de pronto mi hermano se levantó precipitadamente.

Roberto declara: Mi papá no volvía y había pasado más de 15 minutos, mi hermano y mi mamá no se dieron cuenta del tiempo porque estaban platicando con mucho empeño. Sentí que algo estaba mal y fui a buscarlo, empecé en el baño y continué en la cocina, pasé por la sala y lo vi de espaldas sentado en el sillón más grande. Al principio no distinguí lo que tenía en sus manos, estaba oscuro, pero me acerqué despacio y vi como mi papá se estaba arrancando la piel junto con los intestinos.

Después de leer todos los informes que me mandaron quedé igual que los demás, lo único que ligaba las muertes era la marca en el dedo índice, pero ¿qué orillaba a las personas a suicidarse de tal manera?, nadie en su sano juicio haría algo así. Me quedo pensando en drogas, porque ahora hay tantas y tan variadas, que pueden orillarte a eso y estando tan elevado puede que no sientas el dolor. Dibujo en una hoja el símbolo y por primera vez desde hace muchos años, caigo de nuevo en mi vicio, tomo la cajetilla de cigarros que había guardado debajo del lavabo y me salgo a la puerta de mi casa, me siento en las escaleras de mi edificio; le doy el primer sorbo y llega la relajación, veo una y otra vez esas cuatro líneas, una en cruz y las otras dos por encima formando un triangulo. Bajo la hoja y me sorprendo porque este dibujo se parece al que está grafiteado en el edificio de enfrente, le saco una foto y hago la búsqueda en internet y aparece esta información:

 

El Sigilo de Lucifer, también es un símbolo utilizado mayoritariamente por los satanistas. La imagen data del siglo XVI, según el grimorium verum, un libro que muestra y explica cómo se llevan a cabo los pactos con espíritus, explica también gran diversidad de fórmulas mágicas y la relación y el papel que desempeñan los sellos. Se cree que el libro fue escrito por un egipcio de nombre Alibeck. Antiguamente se utilizó para ayudar a una invocación visual del ángel Lucifer. El símbolo contiene varias características de las que muy poco se saben con certeza.

 

Al siguiente día llego a la oficina y le muestro a Raúl lo que descubrí.  

—¿Cómo lo supiste?

Levanto la ceja como si hubiese descubierto algo muy importante, al final, él no tiene que saber cómo lo descubrí, me gusta esta sensación de tener el control y el poder de haber averiguado algo que nadie pudo hacer, pero sé que fue pura coincidencia. Raúl se agarra la cabeza porque este caso se ha vuelto más complejo. Investigar a todas las sectas de la ciudad será un reto y como era de esperarse, me manda a investigar una de ellas.

Voy al baño antes de salir y me encuentro a Susana.

—¿Cómo va todo?

—Creo que el asesino pertenece a una secta satánica, pero no sabemos a cuál.

—Ya no me digas más. Cuídate mucho, este caso me asusta demasiado.

—No te preocupes, estaré bien y cuando menos lo esperes me estarás visitando en un poblado pequeño donde la delincuencia sea casi nula. Me tengo que ir.

Susana se queda ansiosa por mí, pero sé que estaré bien. Me tomo unas pastillas porque me ha está doliendo la cabeza por falta de sueño. Subo al carro y antes de hacer lo que me encomendaron, quiero realizar una parada previa.

Estaciono el carro frente a la casa de Emanuel, el policía que estuvo en mi lugar antes de que yo llegara. La casa es simple, sencilla, pero muchísimo mejor que la mía, camino hacia la puerta y toco el timbre.

—¿Quién es?

—Soy Kira, una compañera del trabajo de Emanuel.

—No queremos hablar con nadie.

—Sólo quiero saber cómo está.

—¿No te dijeron lo que pasó con él?

—No.

—Y no te lo dirán.

Sin abrir la puerta puedo escuchar su agitada respiración. Ya me iba a retirar cuando me regreso porque me dice:

—¡Salte de ese caso!

—Pero... —escucho cómo se aleja de la puerta.

Me quedo pensando en lo que me ha dicho, pero ahora estoy intrigada y quiero resolverlo. Me subo al carro y de pronto veo a Emanuel desnudo, corriendo hacia mí auto, su esposa sale detrás de él, pero no lo alcanza, estrella la cabeza una y otra vez en la ventana del conductor con tanta fuerza que rompe el vidrio y empieza a sangrar, el rojo carmesí queda en todos lados. Se detiene por un segundo y me mira fijamente sonriendo de manera terrorífica, mi corazón empieza a latir a mil por hora. Su esposa lo alcanza y le inyecta un tranquilizante, inmediatamente lo tapa con una manta. Veo como poco a poco sus músculos faciales se van relajando y se desliza rechinando su cuerpo sobre mi carro hasta llegar al suelo.

Me despierto en mi casa, no entiendo cómo llegue aquí, veo que mi celular tiene muchas llamadas perdidas, mensajes de mi jefe, de mi compañero y de Susana. Me levanto un poco mareada y voy al baño, me veo en el espejo, pero no me reconozco, “no soy yo” digo una y otra vez, me río de una manera extraña, de la misma manera que Emanuel lo hizo.

—¡No soy yo! —continúo diciendo de manera frenética.

Salgo del baño y miro la pared que tiene escrito un mensaje:

 

¡Cómo has caído del cielo, lucero de la mañana! Tú, que sometías alas naciones, has caído por tierra. Decías en tu corazón: «Subiré hasta los cielos. ¡Levantaré mi trono por encima de las estrellas de Dios! Gobernaré desde el extremo norte, en el monte de los dioses. Subiré a lo alto de las nubes, seré semejante al Altísimo.» ¡Pero has sido arrojado al sepulcro, a lo más profundo de la fosa! Los que te ven, clavan en ti la mirada y reflexionan en cuanto a tu destino: «¿Y éste es el que sacudía a la tierra y hacía temblara los reinos, el que dejaba el mundo hecho un desierto, el que arrasaba sus ciudades y nunca dejaba libres a los presos?».  Isaías 12:14-17

 

Siento que mi estómago se mueve como si trajera un animal dentro, me levanto la camisa y veo que mi piel se mueve de manera amorfa, sube por mi pecho y se transporta a mi brazo.

—¡No soy yo!

Asustada, estresada, histérica, me acuerdo del dedo índice, lo veo y ahí está la marca.

¿Crees en los demonios? Yo no creía, pero ahora sé que andan entre nosotros…

 

 

Fin.

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